Padres, ¿por qué es tan importante educar en la autoestima?

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Podemos definir la autoestima como el juicio que hacemos de nosotros mismos. Esta evaluación no solo se construye en base a lo que pienso yo de mí, sino también de la información que los demás me dan y la imagen que me transmiten de mí mismo.

Muchos de los problemas y conductas de riesgo que podemos encontrar en la infancia y adolescencia están relacionados con una baja autoestima, tales como, ansiedad, síntomas depresivos o tendencias suicidas. También se ha descubierto que una baja autoestima durante la adolescencia es un factor de riesgo para diversos problemas en la edad adulta. Por ello, es sumamente importante que la familia ayude a los hijos a construir una imagen real y positiva de ellos mismos, pues esto va a contribuir a aumentar su bienestar tanto en el presente como en el futuro.

Sabemos que la adolescencia es una etapa que se caracteriza por experimentar una serie de acontecimientos novedosos y a la vez estresantes que suponen un desafío para la visión que tienen de ellos mismos. En muchas ocasiones los adolescentes se muestran esquivos o huraños, pero no debemos olvidar que siguen necesitando el afecto y cariño de los padres tanto o más que en etapas anteriores.

Por ello, ¿cómo ayudar a nuestros hijos a fomentar su autoestima?

En primer lugar, es muy importante tener expectativas realistas, viendo y aceptando a nuestro hijo tal y como es. Los jóvenes a veces no son como nos gustarían que fuesen y solo si los padres son realistas, los hijos podrán cumplir con nuestras expectativas.

En segundo lugar, debemos reconocer aspectos positivos de ellos y ayudarles a aceptar sus limitaciones, entendiéndolas como algo natural que todos tenemos.  Gestos cariñosos (ej.: una palmada de aprobación), mensajes positivos (“me ha gustado mucho esto que has hecho”), van a contribuir a mejorar su confianza.

Por último, es esencial hacer peticiones claras y concretas de lo que queremos que el adolescente realice para facilitar el éxito en la ejecución de las tareas. Es decir, debemos poner normas y límites claros, evitando las generalizaciones.

Con esto, no solo vamos a fomentar una imagen positiva en nuestros hijos sino que vamos a servir de ejemplo para que aprendan por sí mismos a mejorar su autoestima cuando lo necesiten.

El arte de llegar a ser lo que uno quiere ser

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Por fin, llegó el final esperado por muchos chicos y chicas. Miles de adolescente se enfrentan durante estos días al examen de selectividad – o EvAU como se llama ahora -. Todo un año de estudio, de pasar apuntes y de calcular periódicamente la nota media de los exámenes llegó a su fin. Chicos y chicas, padres y madres, en su mayoría respiran aliviados. Lo consiguieron. Ya casi pueden tocar con sus manos la meta.

No obstante, no todos son sonrisas. EvAU significa también tomar decisiones, decisiones que afectarán su futuro. En estas semanas escuchamos a menudo preguntas tales como: “¿A qué me quiero dedicar?” “¿Quiero hacer una carrera o mejor decantarme por la formación profesional?” “Mi pasión es la historia, pero me han dicho que de eso no se vive” “¿Qué carrera tiene más salidas?”.

Debemos saber que en el proceso de búsqueda de la identidad típico de la adolescencia, también se incluye el saber “qué quiero hacer en mi vida”, y tener momentos de duda y desconcierto consituye un proceso normal en esta etapa.

Padres y madres, ¿qué podéis hacer para ayudar a vuestros hijos e hijas en estos momentos de incertidumbre? Sabemos que muchas veces resulta difícil hablar con un adolescente, pero en primer lugar, hay que mantener la calma, desarrollar la capacidad de escucha y no dejarse llevar por la angustia, el enfado o el miedo. Establecer una buena comunicación con los hijos es la base para tratar de resolver los problemas juntos y que acepten al menos considerar vuestros bien intencionados consejos.

“Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”, nos decía Confucio. “¿Y qué es lo que me gusta?” nos dice algún que otro adolescente. A estas edades la mayoría de los jóvenes no han averiguado cuál es su vocación. La clave para tomar buenas decisiones es obtener el máximo de información posible. Por ello, un primer paso es tratar de ayudar a nuestro hijo a averiguar cuáles son sus habilidades y capacidades (es decir, en qué son buenos) así como las actividades que más le interesa realizar.  Por ejemplo, si es extrovertido, si le gusta o no el trabajo en equipo, capacidad de liderazgo, etc. Cuanta más información tenga nuestro  hijo de sí mismo  y de sus intereses, más fácil va a ser realizar un perfil y relacionarlo con alguna actividad profesional.

Por otro lado, también es muy útil informarse de todas las carreras universitarias que existen, en qué universidades se imparten y asistir a jornadas de puertas abiertas que algunos centros realizan. Además, a veces tenemos ideas preconcebidas de lo que significa una profesión, por lo que preguntar o averiguar de algún profesional en qué consiste realmente aquello que estudió y en lo que trabaja, puede resultar sumamente valioso.

Por último, es importante encontrar un punto de equilibrio entre el apoyo que podemos ofrecer al adolescente y la libertad que necesita para elegir. Podemos ayudar, aconsejar, proporcionar alternativas… pero finalmente deben ser ellos los que reflexionen, elijan su camino y se responsabilicen de la decisión tomada. Muchos adolescentes eligen estudios que no les llenan por miedo a decepcionar a sus padres o a ser juzgados. Los hijos necesitan saber que, incondicionalmente, su familia acepta sus decisiones. Y si se equivoca, que ahí estarán para ayudarle a levantarse y continuar.

“Quizás camina con una gran sonrisa, pero no tienen idea por lo que está pasando”

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Navego por la web leyendo blogs de adolescentes para estar al día sobre que interesa a nuestros hijos de estas edades. Resulta que citas subidas por ellos mismos sobre “ya no vivir en el pasado”, “la importancia del perdón”, “al comienzo fue lindo ahora es toda una tortura” no generan interés en las redes sociales, pero la cita:

“Quizás camina con una gran sonrisa, pero no tienen idea por lo que está pasando”

Es compartida en las redes por nuestros adolescentes. ¿Por qué?

Porque refleja esa lucha constante del adolescente por encontrar una identidad con la que sentirse cómodo. La ruptura con los padres lleva a nuestros hijos a necesitar una identidad y a menudo se sienten diferentes, no saben muy bien quienes son, si reírse o si llorar. La cita refleja ese sentimiento de soy alguien, pero ese alguien no lo veis porque muestro una sonrisa. “No sabéis por lo que estoy pasando” y tampoco os lo voy a contar.

Por un lado, debemos entender que esta lucha hace que chicos y chicas muestren diferentes caras y formas de ser en diferentes momentos del crecimiento. Por otro lado, que pueda haber una diferencia entre lo que muestran y lo que piensan o sienten, casi siempre en función de la necesidad de aceptación. Puede ocurrir que caminen con una sonrisa mientras están perdidos o por el contrario que parezcan tristes e irritables cuando por dentro no están tan mal. Sí, es confuso porque son confusos y ellos mismos no se aclaran.

Nuestro trabajo cómo padres consiste en intentar ayudar a través de la aceptación a encontrar el sentido de la vida y la identidad a nuestros hijos. Observar, no solo lo que vemos sino lo que falta, lo que no vemos. Intentar adivinar lo que está detrás de silencios y sonrisas. Todo ello con el respeto que se merecen, respetando la privacidad (siempre y cuando no temamos por sus vidas) y mostrando que estaremos ahí cuando nos necesiten en ese proceso de búsqueda de identidad. Y si no sabemos cómo estar ahí, bastará con comunicarnos y prestar atención a lo que nos tienen que contar, mostrar interés.

Resulta que hay dos adolescentes, uno intimo que desconocemos, oculto para los padres e incluso para algunos o todos los compañeros y otro social que busca una identidad fundido con los demás. Si alguien buscaba blancos y negros para entender la lucha que se vive en la adolescencia, lo tiene difícil. Se trata de un periodo de grises que todos hemos vivido pero que hemos olvidado.

Los peligros de la tecnología.

 

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Recientemente en unas charlas que dábamos a estudiantes y padres sobre tecnología comenzábamos la sesión con una foto de un joven que con un portátil delante miraba a la audiencia con cara de asombro. ¿Qué ha asombrado a este chico? Pregunté a los participantes. La respuesta incluía imágenes pornográficas, acoso, insultos, proposiciones deshonestas…. No era eso. El asombro lo generaba la cantidad de cambios tecnológicos que vienen en los próximos años. Apps capaces de diagnosticar tan bien o mejor que médicos, impresoras 3D capaces de imprimir hamburguesas reales a precios razonables, drones que reparten paquetes por todo el mundo, compañías de hoteles que no tienen hoteles (Airb&b) o de taxis sin coches (Uber). La tecnología y el conocimiento en la red crecen exponencialmente y esto genera en nosotros padres el mismo miedo que generó el primer teléfono de sobremesa o el primer tren. ¿Qué será de nosotros y de nuestras profesiones?

 

Lo cierto de la tecnología es que difícilmente podemos privar, como policías, a nuestros hijos de herramientas que van a formar parte de sus vidas. Ya salimos nosotros con nuestros teléfonos de casa llevando un mundo de información en el bolsillo. ¿De qué manera podemos nosotros ayudar a nuestros adolescentes? Aunque nuestros conocimientos sobre teléfonos, play stations u ordenadores sean inferiores a los de nuestros hijos, nosotros somos expertos en la vida. Sabemos de manejo de emociones, sabemos de sentirnos solos o excluidos, de haber sido insultados, de haber recibido proposiciones deshonestas, de haber querido impresionar a otros y de querer ser aceptados por todos. También hemos sido adolescentes sin herramientas para vivir y ahora somos adultos mucho mejor preparados. Nosotros debemos supervisar la relación que nuestros hijos establecen con esa tecnología desde que son pequeños.

 

De la misma manera que enseñamos a un pequeñajo a utilizar un cuchillo comenzando con uno pequeño, de plástico, que apenas corta y llegan a cortar grandes filetes con cuchillos de metal, debemos supervisar los tímidos contactos con las redes y las emociones que pueden generar. Podemos enseñar lo que está bien y lo que está mal, podemos enseñar a respetar al otro, a bloquear a quién no nos respeta, a incluir en nuestros grupos solo a nuestros amigos, a entender que no tenemos que gustar a todos y que una foto con una copa o un cigarrillo en la mano no nos hace más atractivos. Podemos enseñar a denunciar la violencia, a no permitirla, a decir no a invitaciones de desconocidos, a poner la privacidad adecuada en nuestras apps y redes sociales. Al final se trata de enseñar valores, fundamentalmente el del respeto al otro y el de quererse a uno mismo. Los pilares que nos permiten enfrentarnos a los grandes cambios que trae la tecnología sí los podemos enseñar.

Qué hacer cuando un adolescente sufre de ansiedad y depresión

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Si estas preocupado por un adolescente con ansiedad o depresión y no sabes que hacer Fadi Haddad, psiquiatra y autor de Helping Kids in Crisis recomienda

  1. Hablar de cosas reales. Ir más allá de triunfos, horarios y obligaciones. Averigua que les preocupa por la noche y cuál fue la mejor parte del día. Entérate de sus sueños y preocupaciones, de cómo va su vida.
  2. Presta atención pero no les mimes. Hay que dar el espacio necesario para separarse de los padres y a la vez vigilar sus comportamientos. ¿Han dejado actividades que antes les gustaban? ¿Han cambiado sus hábitos de sueño o alimentación? ¿Tu hijo antes extrovertido se muestra aislado? Si estás preocupado déjaselo saber. Y muestra interés por su vida sin emitir juicios.
  3. Resístete a enfadarte. Normalmente nos enfadamos cuando nos mienten, esconden algo o tienen problemas de comportamiento. En su lugar averigua que está pasando. Dile: “Parece que algo te preocupa. Estoy para ayudar. Dime que te ocurre.”
  4. No esperes a buscar ayuda. Si estas preocupado por un adolescente habla con un psicólogo, médico o terapeuta. Mejor actuar antes que después
  5. Trata a toda la familia. Cuando un adolescente muestra problemas, los cambios en todo el sistema familiar son necesarios. Acepta que no solo nuestros adolescentes tienen que cambiar.

El papel de la intuición cuando escuchamos a un adolescente

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¡Hay que escuchar mejor! Cierto, y está de moda enarbolar la bandera de la escucha pero pocos saben lo que es escuchar de verdad. Como adultos, inmersos en el corre-corre de la vida diaria prestamos poca atención a lo que nos dicen nuestros adolescentes, que por otro lado tampoco parecen escucharnos a nosotros.

Nada mejor que pensar en tres niveles para entender lo que cada uno de nosotros “escuchamos” a lo largo del día.

Nivel 1. Escuchamos a nuestros hijos buscando aquello que nos toca a nosotros. Nuestro interés es encontrar situaciones familiares en su discurso, introducir nuestras experiencias, sugerirles lo que deben hacer basándonos en nuestra vida. El centro está en nosotros mismos, no en ellos. Damos nuestra opinión sobre cómo se deben hacer las cosas y cómo lo haríamos nosotros. Es la escucha narcisista y lleva a que nuestros hijos apenas nos cuenten. ¿Para qué?

Nivel 2. Hacemos preguntas, nos mostramos curiosos, nos interesa lo que nos cuentan y nuestras propias experiencias no nos distraen de esa escucha sin juicio. Tomamos conciencia de los valores de nuestros hijos y articulamos lo que vemos que ellos pueden ignorar o aceptar y siempre modificar. Sería la escucha que esperaríamos de un coach, un terapeuta, pero también la que debe ejercer un padre. Sería la muestra de una verdadera empatía donde entendemos al otro sin juzgar ni necesariamente compartir lo que nos cuentan, y sin renunciar a que en un momento dado intervengamos para guiar por el camino adecuado. Pero debemos de entender, que por mucho que queramos proteger, es el adolescente quién debe encontrar sus propias respuestas o soluciones.

Nivel 3: Quizás el más ignorado en la era del raciocinio. El nivel 3 de escucha implica recurrir a nuestra intuición. Prestar atención a aquello que no oímos en el discurso del otro. Todos hemos vivido situaciones en las que en una conversación con alguien querido hemos preguntado, sin venir a cuento, ¿te pasa algo? Todos hemos sentido la tensión que se respira al entrar en alguna reunión o habitación sin saber que ha pasado. Todos hemos doblado a la derecha en alguna carretera cuando perdidos sabíamos que era lo mejor para llegar a nuestro destino. Dejémonos llevar por la intuición. Escuchemos con nuestra intuición a nuestros hijos. Podemos escuchar que algo no va bien desde nuestra intuición e intervenir a tiempo.

Etica y adolescencia

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El conocimiento de las normas de conducta y el intento de obrar en consecuencia es lo que llamamos ética. ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos adolescentes a entender lo que está bien y lo qué no? A los hijos les influyen las palabras y los actos de los padres.

En la niñez se aceptan las órdenes de los padres pero en la adolescencia se cuestionan y se cuestionan porque el adolescente necesita escoger sus propios valores que pueden o no coincidir con los de los padres. Es parte del proceso de desarrollo de la identidad. No se trata de repetir un código exterior sino de hacerlo propio.

El camino de la formación en valores comienza con obedecer a los padres y adultos significativos, al principio por evitación al castigo, después al darse cuenta de que lo correcto sirve a los intereses propios y a la convivencia en grupo, luego al darse uno cuenta de que hacer lo correcto es una elección libre que nos ayuda a mantener el orden social para finalmente hacer que esos valores escogidos formen parte de la personalidad del adolescente.

Como padres deberemos acompañar a nuestros hijos en este proceso. Desde los 12 años y de manera progresiva los jóvenes deben de tener la oportunidad de tomar parte en las decisiones que afectan sus vidas. El poder de decisión y la autonomía no aparecen repentinamente sino que se van desarrollando poco a poco basándose en la experiencia con la supervisión paterna. Buenos padres observan y supervisan, no sobreprotegen ni dejan solos a sus hijos en este desarrollo moral.

La meta del desarrollo moral es la autonomía. Nuestros hijos deben de ser capaces de desarrollar códigos de comportamiento que les sirvan para actuar en libertad. La pregunta que nos debemos hacer como padres es ¿Hasta qué punto, en cada momento, nuestro hijo adolescente puede ser autónomo? Los niños de 12 años no tienen un código de valores suyo desarrollado todavía y por lo tanto no pueden ser autónomos todavía. Poco a poco y con nuestra ayuda irán desarrollando las actitudes, habilidades y conocimientos (en ese orden) para funcionar con autonomía siguiendo los valores escogidos, que a menudo, al final, coinciden con los nuestros.

Nuestro trabajo como padres:

  • Actuar como modelos de rol
  • Enseñar a actuar con libertad y autonomía
  • Estimular el que se formen criterios propios y aceptar que sean diferentes de los nuestros
  • Comunicarnos con nuestros hijos analizando comportamientos éticos de la vida real o de películas, periódicos etc.

Los tres requisitos para un buen padre de adolescente: quiere, pon límites y deja ser

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Las reglas para ser un buen padre de un adolescente son tres: quiere a tus hijos, ponles límites y déjales ser. Nada resume mejor el trabajo de ser un buen padre.

Por un lado hay que querer y amar a nuestro adolescente sin condiciones. Es importante mostrar ese cariño con reconocimiento y apoyo incondicional en los momentos difíciles. Un abrazo, un beso, (a veces mejor en privado que delante de sus amigos), un estar a su lado sin juzgar pero ofreciendo orientación y reconocimiento son un importante ingrediente para un crecimiento sano y un buen desarrollo de la autoestima.

Por otro deberemos siempre poner límites. Poner límites, no lo olvidemos, es decir te quiero y me preocupo por ti. No voy a dejar que te hagas daño y para ello te exigiré respeto a quienes te rodean, te pediré que vuelvas a casa a una hora razonable y que trabajes y/o estudies. La felicidad viene tanto de amar y jugar cómo de trabajar y ser responsables y por ello te exigiré que seas mejor (no el mejor) y no te dejaré hacer aquello que creo que te puede perjudicar.

Por último deberemos dejar ser. Deberemos dar libertad para que el adolescente explore quien es y se aventure en nuevos mundos para descubrir su propia identidad, sus ideas políticas y religiosas, su sexualidad, sus gustos, cómo administrar su tiempo, elegir sus propios amigos. Todo ello bajo nuestra supervisión (manejando nuestra propia angustia) y cuidado. No es fácil dejar ser a un niño que hasta ahora era quien nosotros queríamos que fuera.

El equilibrio entre dejar ser y poner límites no es fácil. La protección (no la sobreprotección) marca la diferencia. Hay que dejar que nuestros adolescentes aprendan de sus propios errores sintiéndose apoyados y protegidos por nosotros. Tienen que desarrollar su propia resiliencia.

Recordar y practicar estos tres factores nos ayudará a ser buenos padres en el periodo de la adolescencia.

Cooperación o competición, Que debemos fomentar en nuestros adolescentes

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Partido de baloncesto. Jugadores buenos y jugadores malos. Padres que quieren que jueguen sus hijos aunque no sean los mejores y padres que quieren ganar los partidos. Metáfora de la vida misma. Entrenadores que optan por sacar solo a los buenos y entrenadores que optan por dejar que todos jueguen. ¿Qué deberían hacer?

Tras constatar que genéticamente estamos preparados para luchar y sobrevivir, aunque sea acosta de los demás, cada día son más los psicólogos sociales que defienden la idea de que para las personas no sólo fue y es adaptativo esforzarse por asegurar su propia supervivencia y reproducción (competir) sino, sobre todo, intentar conservar relaciones sociales valiosas con otros miembros del grupo y coordinarse con ellos. Excepto en el caso los sociópatas, la gente tiende a ayudar a los demás sobre todo para iniciar, mantener, reforzar o reparar relaciones sociales, y no simplemente debido a imposiciones externas o porque la ayuda sea un mero medio para lograr otro objetivo ulterior.

Darwin en su libro “El origen del hombre”, decía que la especie humana ha logrado su éxito debido a rasgos como la compasión y la habilidad de compartir y llegó a concluir que distintas sociedades animales sobreviven gracias a esta habilidad para colaborar, coordinarse, trabajar en equipo y compartir; aprender a tolerarse y asignar a cada quién una ración justa. Cuando se habla de la supervivencia del más fuerte, a veces nos olvidamos de que el más fuerte es quién mejor colabora y se relaciona, el que tiene el mejor soporte social.

A todos nos gusta ganar un partido y más a un adolescente que vive en el presente. Pero ganar a largo plazo es más fácil conseguirlo aprendiendo a cooperar y a crear equipos. Por eso un buen entrenador enseña a todos los jugadores a compartir el balón, a ayudar al compañero y a conseguir cosas como equipo. Un empresario no quiere a alguien que haga que su departamento sea el mejor. Quiere a alguien que entienda que quién tiene que ganar es la empresa y eso a veces significa ceder recursos a otros departamentos. Una vez más el deporte puede ayudarnos a aprender esta lección. Aunque a algunos egos les cueste entenderlo.

 

“No existe una mejor prueba del progreso de una civilización que la del progreso de la cooperación” John Stuart Mill

¿Le dejo o no le dejo?

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¿Le dejo ir a esa fiesta? ¿Puede pasar el fin de semana fuera de casa? Me pide faltar a clase hoy, ¿le dejo?… Permisos ¿Cuándo los damos?

Nuestro trabajo como padre de un adolescente deja de ser solo el protegerle para asegurarnos de que aprende hacerlo él o ella mismo o misma. El paso a la edad adulta implica el aprender a resolver los problemas que nos vamos encontrando en la vida y asumiendo responsabilidades. El autocuidado, físico y mental son importantes en cualquier adolescente. ¿Cómo entonces podemos ayudar en esta transición?

Lo primero es tener claro nuestro objetivo como padres. Si en la niñez era proteger ahora es ayudar a que nuestros hijos se den cuenta de que tienen que tomar decisiones sabias y maduras. Tendremos que ayudar a que tomen decisiones por si solos, que ensayen lo que es ser adulto.

  • Diremos que no cuando nos quede claro que alguna de sus solicitudes es peligrosa para ellos. No bastará un no. Tendremos que explicar las razones. Para ello nos asegurararemos de que se nos entiende explicándonos una, o dos veces a lo sumo. Nunca entraremos en discusiones eternas en las que el oposicionismo adolescente campe a sus anchas.
  • Diremos que sí cuando dar permiso no sea peligroso. Confiaremos en ellos estableciendo las condiciones diciendo por ejemplo, “puedes ir pero espero que estés de vuelta a las 11 y deberás utilizar tu WhatsApp para tenernos informados si cambias de lugar…”
  • Siempre que no se observe lo pactado nos aseguraremos de que se cumplen las consecuencias anunciadas con antelación: prescindirás de tu móvil durante cinco días o no saldrás el próximo fin de semana. Estas deben de ser razonables y limitadas en el tiempo. Evita castigos que nunca acaban y pueden ser excesivos. Tu hijo puede pensar que todo da igual y perderían su sentido.
  • Volveremos a confiar una y otra vez, otorgando posibilidades para tomar decisiones maduras tantas veces cómo sean necesarias.

Cuando nuestros hijos se equivoquen, les ayudaremos a entender las consecuencias de su equivocación, como nos afectan a los que les rodeamos (así empatizarán con nosotros), impondremos el castigo adecuado y volveremos a confiar una y otra vez hasta que aprendan y puedan tomar decisiones solos. Sólo así conseguiremos que aprendan a tomar decisiones maduras.