A mi hijo/a le cuesta separarse de mí

A mi hijo:a le cuesta separarse de míA nuestros/as hijos/as, sobre todo en sus primeros años, les cuesta separarse de nosotros. Quedarse en la guardería, quedarse solos con los abuelos o algún cuidador/a, muchas veces se convierte en un drama y en una escena de gritos, llantos y pataletas.

Para hacer frente a esta situación, en primer lugar debemos preguntarnos cómo nos afecta  a nosotros como padres y madres la separación. ¿Te sientes culpable cuando le dejas en la guardería? ¿Sientes tristeza o miedo a que le ocurra algo en tu ausencia? Es importante que analicemos la forma en la que le planteamos al niño/a la separación y nos posicionamos nosotros ante ella, porque va a influir en cómo lo viva nuestro hijo/a (con más o menos angustia). Si el niño o niña percibe en su familia ansiedad, tristeza o preocupación, anticipa que lo puede pasar mal. En cambio, si nos despedimos con una actitud tranquila y con confianza, el mensaje que le estamos enviando es que estará bien, que puede divertirse y que está protegido.

Aun así, es normal que el niño/a se sienta mal y llore, porque necesita tiempo para elaborar ese nuevo cambio y ese “duelo” por estar solo y no poder compartir todo el tiempo con papá y mamá.

Con respecto a la guardería, para ayudar a afrontar los primeros días, os damos estos consejos:

  • Hazle disfrutar con los preparativos (comprar la mochila, las pinturas, el “babi”, etc.).
  • Acompáñale algunos días antes a conocer el centro y a la persona que será su referente (la “seño”). Esto es muy positivo porque así se familiariza con el centro.
  • Al menos una semana antes, comienza con los nuevos horarios para que se acostumbre (ir temprano a la cama, madrugar un poquito más, etc.).
  • Para el primer día, tratar de descansar bien el día anterior, desayunar con tranquilidad y evitar las prisas y nervios.

En líneas generales, hay que entender que evolutivamente es normal que nuestro/a hijo/a lleve mal la separación pero, que si les damos una imagen positiva del lugar en el que se van a quedar, y nos sienten tranquilos y confiados, al cabo del tiempo ese malestar se pasará.

María José Ortega

 

 

Qué modelo de autoridad seguimos

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Como padres y madres, muchas veces nos quejamos de que nuestros hij@s nos desobedecen y constantemente cuestionan nuestra autoridad. Debido a esto, podemos acabar sintiéndonos impotentes o desbordados, dando lugar a situaciones de convivencia tensas en la familia. ¿Estamos utilizando un estilo de educación que favorece la interiorización de las normas?

Podemos encontrar distintos estilos de ejercer la autoridad en función de cómo se compaginen las exigencias y el control, así como la comunicación y la manifestación de cariño a los hij@s:

  1. Modelo autoritario: caracterizado por un alto nivel de control y exigencia y una baja manifestación de cariño y comunicación.

Otras características de este estilo de educación son: las normas se imponen sin explicarlas; los castigos son severos por transgredir las normas pero hay muy pocos elogios cuando se cumplen; las normas se establecen sin tener en cuenta las necesidades de todos los miembros de la familia; y, por último, la estrategia que se utiliza para facilitar el cumplimiento de las normas es el sometimiento por la fuerza. Las consecuencias de un modelo autoritario son baja autoestima y conductas desafiantes sobre todo en los adolescentes.

 

  1. Modelo permisivo: el cual se caracteriza por un bajo nivel de control y exigencia y un alto grado de comunicación y manifestación de cariño.

Otras características de este estilo de educación son: las normas son pocas y no siempre se cumplen; hay poco control sobre la conducta de los hij@s y a menudo se cede a sus exigencias; y, por último, son los propios hij@s los que deciden lo que hacen o no hacen.

La relación que se establece entre padres y madres y sus hij@s desde este modelo es conflictiva, porque a menudo les chantajean y les tiranizan. Este estilo de educación tiene consecuencias negativas para el desarrollo de l@s niñ@s porque dificulta la adquisición de la autonomía e independencia.

 

  1. Modelo democrático: se caracteriza por un adecuado nivel de control y exigencia y un alto grado de comunicación y manifestación de cariño.

Otras características de este estilo de educación son: las normas se basan en razones objetivas que pueden ser explicadas; los límites son claros y las normas firmes pero flexibles, pudiéndose cambiar si hay buenas razones; las normas se adaptan a las edades y necesidades de todos los miembros de la familia; l@s hij@s participan en la medida de sus posibilidades en la elaboración de las normas, aunque los progenitores son quienes toman la decisión final; se utiliza el refuerzo positivo, el diálogo y la negociación; una vez establecidas las normas se exige su cumplimiento; y, por último, se favorece la autonomía y la independencia de l@s hij@s.

Al contrario que en los modelos anteriores, el estilo democrático favorece la interiorización de las normas. La internalización de normas y valores morales consiste en un proceso mediante el cual las acciones reguladas inicialmente desde el exterior (los padres son los que le dicen a un niño lo que está bien o lo que está mal), van progresivamente incorporándose a la persona a medida que van asumiendo los valores familiares y autorregulando sus acciones.

 

En la práctica, estos estilos educativos no suelen aparecer de manera pura, sino con matices. Sabemos que no es fácil controlarnos en todo momento, lo importante es darnos cuenta de qué estilo de educación predomina en nosotr@s, y, en caso de reaccionar de una forma que más tarde sentimos como injusta o desproporcionada, reconocer nuestra equivocación en el trato aunque nos mantengamos firmes en la norma. Cuando el clima predominante es de comprensión, cariño y de exigencias adecuadas a la edad y capacidad de nuestr@ hij@, se favorecerá que este crezca seguro y feliz.

María José Ortega

¿Por qué mi hijo/a no obedece las normas?

Por qué mi hijo:a no obedece las normas

Las normas son directrices que nos indican qué, cómo y cuándo realizar una acción o tarea. Son sumamente importantes porque si proporcionamos a nuestros hijos, desde que nacen, un entorno estructurado y coherente, vamos a favorecer su seguridad.

Lo primero que tenemos que tener presente es que no todos los niños ni adolescentes aprenden al mismo ritmo, a unos les cuesta más y a otros menos, y a no ser que se detecten dificultades especiales, este aspecto es normal.

Aun así, muchas veces observamos en consulta que los padres y madres se quejan de que sus hijos no les obedecen y se saltan los límites una y otra vez. Por ello, ¿cómo podemos favorecer que nuestros hijos cumplan las normas que les ponemos? Es importante atender a estos aspectos:

  • Las normas tienen que estar adaptadas a su desarrollo: los límites se tienden a interiorizar mejor cuando están adaptadas a las capacidades y necesidades de nuestros hijos. Cada hijo es diferente y no tiene por qué seguir las mismas pautas de comportamiento o el mismo ritmo de desarrollo que hermanos, primos, amigos o compañeros de clase. Cuando son pequeños, los padres debemos ser más directivos y reforzarles cada pequeño logro que consiguen. Conforme crecen e interiorizan los hábitos, nos tenemos que mostrar menos directivos y flexibles.

 

  • Tienen que ser concretas: diciéndoles qué hacer, cómo y cuándo. Además, si señalamos en su comportamiento lo que nos parece que ha hecho bien y lo que no, facilitamos que cambie algunas cosas y mantenga otras. Pero si generalizamos y le etiquetamos de forma negativa, debilitamos su autoestima y será más difícil que cambie su conducta.

 

  • Es mejor cuando están formuladas en positivo: si nuestros mensajes son siempre “no hagas esto”, “no digas lo otro”, etc., no les damos otras opciones ni les enseñamos cuál es la alternativa adecuada, e incluso podemos avivar el deseo de hacer o decir aquello que le prohibimos. En lugar de decir “no toques eso”, cambiar por “mejor juega con esto otro”; “no muerdas el bolígrafo” por “el bolígrafo es para escribir, no para morder; o “no grites” por “habla más bajito”.

 

  • Tienen que ser claras: si son importantes, tenemos que transmitirlas en un momento de calma y en una situación en la que nos puedan escuchar y atender. A veces ocurre que repetimos una y otra vez las mismas normas, nos contestan que sí nos han escuchado, pero luego no las cumplen. En estos casos, la repetición es importante pero tiene un efecto de saturación en el niño que le lleva a contestar mecánicamente sin prestar atención. Tenemos que asegurarnos que nos está atendiendo y que ha comprendido lo que le queremos decir.

 

  • Mejor si son razonadas: las normas y los límites se pueden argumentar ya que tienen una finalidad (seguridad, mejorar la convivencia, etc.). Pero una vez establecidas, razonadas y acordadas, no tenemos que discutir una y otra vez ni utilizar el “porque sí” o “porque lo digo yo”. Para zanjar la cuestión y marcar límites, podemos hacer hincapié en que como padres encargados de su educación vamos a hacer lo que mejor nos parece para su desarrollo.

 

  • Tienen que ser coherentes: si lo que hacemos concuerda con lo que decimos a nuestros hijos, les es más fácil aprender. Por ejemplo, es poco eficaz enseñarles a no pegar y respetar a los demás si cuando no lo hacen, somos nosotros los que le pegamos.

 

  • Deben ser consistentes: cuando las normas son siempre las mismas facilitamos su interiorización. Esto es especialmente relevante durante los primeros años de vida, ya que según crecen tendremos que ir flexibilizando.

En resumen, si conseguimos marcar unas normas adaptadas a sus capacidades y necesidades, que entienden porque son claras y concretas e intentamos ser coherentes, consistentes y firmes en las reglas realmente fundamentales, tenemos muchísimo ganado.

María José Ortega

Qué hacer para prevenir las conductas de riesgo en los adolescentes

MJ-01Qué hacer para prevenir las conductas de riesgo en los adolescentes

Sabemos que los adolescentes quieren probar constantemente cosas nuevas. Ya sea por curiosidad, para sentirse bien, para pertenecer a un grupo o sentirse aceptados, la exploración es una característica de esta etapa de la vida. Pero a veces para los padres es difícil determinar cuándo el adolescente va a experimentar y parar ahí, o por el contrario cuándo puede desarrollar problemas serios.

Nuestros hijos se van a ir encontrado cada vez más, en situaciones en las que van a tener que tomar decisiones por ellos mismos: cuando les ofrezcan drogas, en situaciones de violencia entre iguales, situaciones relacionadas con la sexualidad, etc. Por ello, es necesario enseñar a los adolescentes diferentes habilidades y estrategias de autoprotección, con el fin de evitar encontrarse en situaciones en las que no quieran estar o saber decir “no” a tiempo.

Por lo tanto, ¿qué podemos hacer como padres para prevenir las conductas de riesgo?

  • Estar atentos a los comportamientos de nuestros hijos, teniendo cuidado de no caer en la sobreprotección. Por sobreprotección entendemos el exceso de cuidado que dificulta el crecimiento y desarrollo del joven.

 

  • Promover el diálogo sobre situaciones de riesgo, aprovechando noticias en la televisión u otros medios de comunicación. Conversar acerca de qué harían, qué opinan, cómo creen que reaccionarían, etc.

 

  • Fomentar el respeto, la tolerancia y la cooperación.

 

  • Estimular la convivencia, buscando y mostrando interés por aquello que le gusta al adolescente.

 

  • Ofrecer alternativas de ocio sanas y fomentar desde pequeños aquellas que son positivas, como el deporte.

Siempre debemos tener presente que muchas de las situaciones y conductas que se van a encontrar son normales evolutivamente hablando. Si notamos cualquier anomalía prolongada en el tiempo, mejor consultar con un profesional para evaluar la situación.

María José Ortega

Sospecho que mi hij@ tiene un desorden en la alimentación

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“Mi hij@ mira y calcula las calorías de todo lo que come”, “se siente culpable después de ingerir determinados alimentos”, “está obsesionad@ con hacer ejercicio”… estas son algunas de las frases que escuchamos de padres preocupados por la alimentación de sus hij@s.

Recientemente hemos comenzado a escuchar acerca de los trastornos de alimentación, en parte debido a la difusión en los medios de comunicación de casos de famosos que han sufrido este problema y han hablado públicamente de ello. Aunque podamos pensar que es un trastorno relativamente “nuevo”, encontramos estos desordenes ya en la época romana, donde los emperadores ingerían grandes cantidades de comida para después provocarse el vómito y dejar espacio a nueva comida.

Sabemos que los adolescentes se preocupan mucho por su imagen corporal y esto a veces les lleva a realizar dietas estrictas para acercarse al ideal de belleza que impera en nuestra sociedad. Estos comportamientos pueden dar lugar a serios problemas de alimentación, como la anorexia, la bulimia o el trastorno por atracón. ¿Cómo detectar estos trastornos?

Estos son algunos indicadores tempranos de los trastornos de alimentación:

  • Aumento del ejercicio físico y disminución de las horas de sueño.
  • Preocupación excesiva por la imagen corporal y por lo que puedan pensar el resto de personas de él o ella.
  • Práctica de dietas estrictas.
  • Alteración de horarios en la ingesta de alimentos.
  • Consumo de productos diuréticos, laxantes, productos adelgazantes…
  • Aislamiento social.
  • Presenta vómitos, amenorrea (ausencia de menstruación) o pérdida significativa de peso.

Si creemos que nuestro hij@ puede estar sufriendo algún desorden, es necesario abordar el tema de forma directa con ell@s. Es habitual la negación del problema o su importancia, por lo que como padres debemos ponernos en su lugar y tratar de ver cuáles son sus miedos o preocupaciones. Esto puede ayudar a que entienda la importancia de acudir al centro de salud para realizar una correcta evaluación. Los padres también pueden acudir a asociaciones (como, por ejemplo, Adaner) para asesorarse e informarse más en profundidad de las características de estas enfermedades y de los pasos a seguir.

María José Ortega

Creo que mi hijo toma drogas, ¿qué puedo hacer?

drogasCreo que mi hijo toma drogas, ¿qué puedo hacer?

En la adolescencia estamos sometidos a un número considerable de cambios. Evolucionamos a tal velocidad que nos cuesta adaptarnos a todas estas modificaciones que nos hacen pasar de la infancia a la etapa adulta.

En estos años tan importantes en la vida, se torna fácil que los chavales realicen conductas de riesgo que pongan en peligro su salud y la de los demás. Desde relaciones sexuales sin protección hasta el consumo de drogas, es importante estar alerta ante las señales que nos alertan del peligro.

  1. ¿Cómo podemos prevenir el consumo de drogas en los adolescentes?

Lo mejor para tratar de evitar que nuestros hijos se inicien en el consumo de drogas es actuar antes de que lleguen a la adolescencia. Desde sus primeros años, es importante escucharles y hablar con ellos, además de conocer sus amistades y fomentar un estilo de vida saludable en el hogar.

De esta forma, estaremos fomentando su autoestima, su autonomía y su responsabilidad. Es fundamental, en este sentido, que nuestros niños se sientan queridos y tengan límites y normas razonables. Así mismo, hay que hablar con ellos directamente sobre las drogas, su consumo y sus consecuencias en cuanto su capacidad de razonar así nos lo permita. Es decir, entre los 9 y los 12 años.

En estas edades los mensajes de los padres se reciben todavía sin mucha resistencia, al contrario de lo que pasa en la adolescencia. Por último, pero no menos importante, es sumamente relevante que padres prediquen con el ejemplo. De nada sirve que desarrollemos un discurso al respecto si luego nos ven a nosotros consumiendo.

  1. ¿Qué nos puede hacer sospechar que un adolescente consume drogas?

La realidad es que, aunque hayamos tratado de prevenir el consumo de drogas en nuestro hijo, puede que lo haya iniciado igualmente. ¿Qué señales nos pueden poner en sobre aviso de que esto ha pasado? Veamos una lista de situaciones que nos pueden hacer sospechar:

  • Problemas de aprendizaje o bajadas serias en su rendimiento escolar.
  • Dificultades para levantarse por la mañana.
  • Incumplimiento de responsabilidades.
  • Cambios bruscos de carácter.
  • Ocultación y retraimiento en la familia.
  • Problemas económicos o multas por consumo en lugares públicos.

Respecto a los porros, en concreto, puede aparecer con los ojos rojos o riéndose de forma exagerada. Si ha consumido pastillas, después puede presentar irritabilidad y estado de ánimo decaído. Pero aún así, hay que tener en cuenta que estos síntomas se pueden dar de forma normal en la adolescencia sin que haya habido un consumo de drogas.

  1. ¿Qué no nos ayuda si el adolescente consume sustancias?

Una vez que sospechamos que hay consumo de drogas, vamos a minar la confianza y nuestra relación con el chico o la chica si le forzamos a que se haga un test toxicológico. En esta línea, mostrarnos extremadamente rígidos puede ser perjudicial. Soltarles un discurso extenso sobre el tema va a hacer que nuestro hijo deje de escucharnos. Al igual que vamos a provocar que el adolescente consuma más en un acto de rebeldía si le amenazamos, le humillamos o recurrimos en órdenes estrictas.

Si notan que empezamos a vigilarles y espiarles vamos a provocar que nos oculten todo aquello que nos genere preocupación. Además, si somos catastrofistas y dramatizamos la situación, podemos hacer que sientan más curiosidad aún por las drogas.

Pero también podemos pecar de permisivos si le dejamos que consuma en casa o si ignoramos y evitamos el tema confiando en que ya se le pasará. Lo mismo ocurre si minimizamos el asunto, vamos a contribuir a que el joven siga sin percibir el riesgo asociado a este tipo de consumo.

  1. ¿Qué nos ayuda si el adolescente consume sustancias?

Ahora que sabemos aquello que puede perjudicarnos en la tarea de ayudar a nuestro hijo si consume drogas, vamos a conocer lo que sí que nos puede servir. En primer lugar, es importante que nos informemos bien de lo que son las drogas y la adicción, de forma que podamos transmitírselo a los adolescentes de forma adecuada.

Así, hablaremos del tema de forma tranquila y serena, evitando enfrentamientos y reacciones de rabia. Es sumamente relevante aclarar si el consumo es ocasional, experimental, habitual o ya hay dependencia. En este sentido, dialogar de forma cercana va a propiciar que nos explique porqué está consumiendo.

Si nos explica que lo hace para no pensar en sus problemas o para aliviar la rabia y el dolor, tendremos que buscar alternativas y recursos que realmente lo ayuden a manejar sus emociones de otra manera, ya que las drogas sólo van a hacer que este afecto negativo aumente.

También es importante enseñarles a buscar recompensas más satisfactorias que aquellas que consiguen de forma inmediata con el consumo de drogas. Para ello, les podemos ayudar a plantearse objetivos a medio y largo plazo, que dependan de su esfuerzo personal. En esta línea, es importante plantear unas normas que entiendan que les ayudan a crecer como personas y lograr la madurez, pasando así del control externo al autocontrol.

Por último, pero no menos relevante, hay que recordar que llegamos hasta donde llegamos. ¿Qué quiero decir con esto? Que es importante recordar que se puede y se debe pedir ayuda a nivel profesional, ya que así conseguiremos hacerle frente de forma completa al consumo de drogas.

Laura Reguera Carretero.

Padres, ¿por qué es tan importante educar en la autoestima?

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Podemos definir la autoestima como el juicio que hacemos de nosotros mismos. Esta evaluación no solo se construye en base a lo que pienso yo de mí, sino también de la información que los demás me dan y la imagen que me transmiten de mí mismo.

Muchos de los problemas y conductas de riesgo que podemos encontrar en la infancia y adolescencia están relacionados con una baja autoestima, tales como, ansiedad, síntomas depresivos o tendencias suicidas. También se ha descubierto que una baja autoestima durante la adolescencia es un factor de riesgo para diversos problemas en la edad adulta. Por ello, es sumamente importante que la familia ayude a los hijos a construir una imagen real y positiva de ellos mismos, pues esto va a contribuir a aumentar su bienestar tanto en el presente como en el futuro.

Sabemos que la adolescencia es una etapa que se caracteriza por experimentar una serie de acontecimientos novedosos y a la vez estresantes que suponen un desafío para la visión que tienen de ellos mismos. En muchas ocasiones los adolescentes se muestran esquivos o huraños, pero no debemos olvidar que siguen necesitando el afecto y cariño de los padres tanto o más que en etapas anteriores.

Por ello, ¿cómo ayudar a nuestros hijos a fomentar su autoestima?

En primer lugar, es muy importante tener expectativas realistas, viendo y aceptando a nuestro hijo tal y como es. Los jóvenes a veces no son como nos gustarían que fuesen y solo si los padres son realistas, los hijos podrán cumplir con nuestras expectativas.

En segundo lugar, debemos reconocer aspectos positivos de ellos y ayudarles a aceptar sus limitaciones, entendiéndolas como algo natural que todos tenemos.  Gestos cariñosos (ej.: una palmada de aprobación), mensajes positivos (“me ha gustado mucho esto que has hecho”), van a contribuir a mejorar su confianza.

Por último, es esencial hacer peticiones claras y concretas de lo que queremos que el adolescente realice para facilitar el éxito en la ejecución de las tareas. Es decir, debemos poner normas y límites claros, evitando las generalizaciones.

Con esto, no solo vamos a fomentar una imagen positiva en nuestros hijos sino que vamos a servir de ejemplo para que aprendan por sí mismos a mejorar su autoestima cuando lo necesiten.

Laura Reguera Carretero.

El arte de llegar a ser lo que uno quiere ser

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Por fin, llegó el final esperado por muchos chicos y chicas. Miles de adolescente se enfrentan durante estos días al examen de selectividad – o EvAU como se llama ahora -. Todo un año de estudio, de pasar apuntes y de calcular periódicamente la nota media de los exámenes llegó a su fin. Chicos y chicas, padres y madres, en su mayoría respiran aliviados. Lo consiguieron. Ya casi pueden tocar con sus manos la meta.

No obstante, no todos son sonrisas. EvAU significa también tomar decisiones, decisiones que afectarán su futuro. En estas semanas escuchamos a menudo preguntas tales como: “¿A qué me quiero dedicar?” “¿Quiero hacer una carrera o mejor decantarme por la formación profesional?” “Mi pasión es la historia, pero me han dicho que de eso no se vive” “¿Qué carrera tiene más salidas?”.

Debemos saber que en el proceso de búsqueda de la identidad típico de la adolescencia, también se incluye el saber “qué quiero hacer en mi vida”, y tener momentos de duda y desconcierto consituye un proceso normal en esta etapa.

Padres y madres, ¿qué podéis hacer para ayudar a vuestros hijos e hijas en estos momentos de incertidumbre? Sabemos que muchas veces resulta difícil hablar con un adolescente, pero en primer lugar, hay que mantener la calma, desarrollar la capacidad de escucha y no dejarse llevar por la angustia, el enfado o el miedo. Establecer una buena comunicación con los hijos es la base para tratar de resolver los problemas juntos y que acepten al menos considerar vuestros bien intencionados consejos.

“Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”, nos decía Confucio. “¿Y qué es lo que me gusta?” nos dice algún que otro adolescente. A estas edades la mayoría de los jóvenes no han averiguado cuál es su vocación. La clave para tomar buenas decisiones es obtener el máximo de información posible. Por ello, un primer paso es tratar de ayudar a nuestro hijo a averiguar cuáles son sus habilidades y capacidades (es decir, en qué son buenos) así como las actividades que más le interesa realizar.  Por ejemplo, si es extrovertido, si le gusta o no el trabajo en equipo, capacidad de liderazgo, etc. Cuanta más información tenga nuestro  hijo de sí mismo  y de sus intereses, más fácil va a ser realizar un perfil y relacionarlo con alguna actividad profesional.

Por otro lado, también es muy útil informarse de todas las carreras universitarias que existen, en qué universidades se imparten y asistir a jornadas de puertas abiertas que algunos centros realizan. Además, a veces tenemos ideas preconcebidas de lo que significa una profesión, por lo que preguntar o averiguar de algún profesional en qué consiste realmente aquello que estudió y en lo que trabaja, puede resultar sumamente valioso.

Por último, es importante encontrar un punto de equilibrio entre el apoyo que podemos ofrecer al adolescente y la libertad que necesita para elegir. Podemos ayudar, aconsejar, proporcionar alternativas… pero finalmente deben ser ellos los que reflexionen, elijan su camino y se responsabilicen de la decisión tomada. Muchos adolescentes eligen estudios que no les llenan por miedo a decepcionar a sus padres o a ser juzgados. Los hijos necesitan saber que, incondicionalmente, su familia acepta sus decisiones. Y si se equivoca, que ahí estarán para ayudarle a levantarse y continuar.

María José Ortega.

“Quizás camina con una gran sonrisa, pero no tienen idea por lo que está pasando”

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Navego por la web leyendo blogs de adolescentes para estar al día sobre que interesa a nuestros hijos de estas edades. Resulta que citas subidas por ellos mismos sobre “ya no vivir en el pasado”, “la importancia del perdón”, “al comienzo fue lindo ahora es toda una tortura” no generan interés en las redes sociales, pero la cita:

“Quizás camina con una gran sonrisa, pero no tienen idea por lo que está pasando”

Es compartida en las redes por nuestros adolescentes. ¿Por qué?

Porque refleja esa lucha constante del adolescente por encontrar una identidad con la que sentirse cómodo. La ruptura con los padres lleva a nuestros hijos a necesitar una identidad y a menudo se sienten diferentes, no saben muy bien quienes son, si reírse o si llorar. La cita refleja ese sentimiento de soy alguien, pero ese alguien no lo veis porque muestro una sonrisa. “No sabéis por lo que estoy pasando” y tampoco os lo voy a contar.

Por un lado, debemos entender que esta lucha hace que chicos y chicas muestren diferentes caras y formas de ser en diferentes momentos del crecimiento. Por otro lado, que pueda haber una diferencia entre lo que muestran y lo que piensan o sienten, casi siempre en función de la necesidad de aceptación. Puede ocurrir que caminen con una sonrisa mientras están perdidos o por el contrario que parezcan tristes e irritables cuando por dentro no están tan mal. Sí, es confuso porque son confusos y ellos mismos no se aclaran.

Nuestro trabajo cómo padres consiste en intentar ayudar a través de la aceptación a encontrar el sentido de la vida y la identidad a nuestros hijos. Observar, no solo lo que vemos sino lo que falta, lo que no vemos. Intentar adivinar lo que está detrás de silencios y sonrisas. Todo ello con el respeto que se merecen, respetando la privacidad (siempre y cuando no temamos por sus vidas) y mostrando que estaremos ahí cuando nos necesiten en ese proceso de búsqueda de identidad. Y si no sabemos cómo estar ahí, bastará con comunicarnos y prestar atención a lo que nos tienen que contar, mostrar interés.

Resulta que hay dos adolescentes, uno intimo que desconocemos, oculto para los padres e incluso para algunos o todos los compañeros y otro social que busca una identidad fundido con los demás. Si alguien buscaba blancos y negros para entender la lucha que se vive en la adolescencia, lo tiene difícil. Se trata de un periodo de grises que todos hemos vivido pero que hemos olvidado.

Los peligros de la tecnología.

 

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Recientemente en unas charlas que dábamos a estudiantes y padres sobre tecnología comenzábamos la sesión con una foto de un joven que con un portátil delante miraba a la audiencia con cara de asombro. ¿Qué ha asombrado a este chico? Pregunté a los participantes. La respuesta incluía imágenes pornográficas, acoso, insultos, proposiciones deshonestas…. No era eso. El asombro lo generaba la cantidad de cambios tecnológicos que vienen en los próximos años. Apps capaces de diagnosticar tan bien o mejor que médicos, impresoras 3D capaces de imprimir hamburguesas reales a precios razonables, drones que reparten paquetes por todo el mundo, compañías de hoteles que no tienen hoteles (Airb&b) o de taxis sin coches (Uber). La tecnología y el conocimiento en la red crecen exponencialmente y esto genera en nosotros padres el mismo miedo que generó el primer teléfono de sobremesa o el primer tren. ¿Qué será de nosotros y de nuestras profesiones?

 

Lo cierto de la tecnología es que difícilmente podemos privar, como policías, a nuestros hijos de herramientas que van a formar parte de sus vidas. Ya salimos nosotros con nuestros teléfonos de casa llevando un mundo de información en el bolsillo. ¿De qué manera podemos nosotros ayudar a nuestros adolescentes? Aunque nuestros conocimientos sobre teléfonos, play stations u ordenadores sean inferiores a los de nuestros hijos, nosotros somos expertos en la vida. Sabemos de manejo de emociones, sabemos de sentirnos solos o excluidos, de haber sido insultados, de haber recibido proposiciones deshonestas, de haber querido impresionar a otros y de querer ser aceptados por todos. También hemos sido adolescentes sin herramientas para vivir y ahora somos adultos mucho mejor preparados. Nosotros debemos supervisar la relación que nuestros hijos establecen con esa tecnología desde que son pequeños.

 

De la misma manera que enseñamos a un pequeñajo a utilizar un cuchillo comenzando con uno pequeño, de plástico, que apenas corta y llegan a cortar grandes filetes con cuchillos de metal, debemos supervisar los tímidos contactos con las redes y las emociones que pueden generar. Podemos enseñar lo que está bien y lo que está mal, podemos enseñar a respetar al otro, a bloquear a quién no nos respeta, a incluir en nuestros grupos solo a nuestros amigos, a entender que no tenemos que gustar a todos y que una foto con una copa o un cigarrillo en la mano no nos hace más atractivos. Podemos enseñar a denunciar la violencia, a no permitirla, a decir no a invitaciones de desconocidos, a poner la privacidad adecuada en nuestras apps y redes sociales. Al final se trata de enseñar valores, fundamentalmente el del respeto al otro y el de quererse a uno mismo. Los pilares que nos permiten enfrentarnos a los grandes cambios que trae la tecnología sí los podemos enseñar.