Sospecho que mi hij@ tiene un desorden en la alimentación

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“Mi hij@ mira y calcula las calorías de todo lo que come”, “se siente culpable después de ingerir determinados alimentos”, “está obsesionad@ con hacer ejercicio”… estas son algunas de las frases que escuchamos de padres preocupados por la alimentación de sus hij@s.

Recientemente hemos comenzado a escuchar acerca de los trastornos de alimentación, en parte debido a la difusión en los medios de comunicación de casos de famosos que han sufrido este problema y han hablado públicamente de ello. Aunque podamos pensar que es un trastorno relativamente “nuevo”, encontramos estos desordenes ya en la época romana, donde los emperadores ingerían grandes cantidades de comida para después provocarse el vómito y dejar espacio a nueva comida.

Sabemos que los adolescentes se preocupan mucho por su imagen corporal y esto a veces les lleva a realizar dietas estrictas para acercarse al ideal de belleza que impera en nuestra sociedad. Estos comportamientos pueden dar lugar a serios problemas de alimentación, como la anorexia, la bulimia o el trastorno por atracón. ¿Cómo detectar estos trastornos?

Estos son algunos indicadores tempranos de los trastornos de alimentación:

  • Aumento del ejercicio físico y disminución de las horas de sueño.
  • Preocupación excesiva por la imagen corporal y por lo que puedan pensar el resto de personas de él o ella.
  • Práctica de dietas estrictas.
  • Alteración de horarios en la ingesta de alimentos.
  • Consumo de productos diuréticos, laxantes, productos adelgazantes…
  • Aislamiento social.
  • Presenta vómitos, amenorrea (ausencia de menstruación) o pérdida significativa de peso.

Si creemos que nuestro hij@ puede estar sufriendo algún desorden, es necesario abordar el tema de forma directa con ell@s. Es habitual la negación del problema o su importancia, por lo que como padres debemos ponernos en su lugar y tratar de ver cuáles son sus miedos o preocupaciones. Esto puede ayudar a que entienda la importancia de acudir al centro de salud para realizar una correcta evaluación. Los padres también pueden acudir a asociaciones (como, por ejemplo, Adaner) para asesorarse e informarse más en profundidad de las características de estas enfermedades y de los pasos a seguir.

María José Ortega

Creo que mi hijo toma drogas, ¿qué puedo hacer?

drogasCreo que mi hijo toma drogas, ¿qué puedo hacer?

En la adolescencia estamos sometidos a un número considerable de cambios. Evolucionamos a tal velocidad que nos cuesta adaptarnos a todas estas modificaciones que nos hacen pasar de la infancia a la etapa adulta.

En estos años tan importantes en la vida, se torna fácil que los chavales realicen conductas de riesgo que pongan en peligro su salud y la de los demás. Desde relaciones sexuales sin protección hasta el consumo de drogas, es importante estar alerta ante las señales que nos alertan del peligro.

  1. ¿Cómo podemos prevenir el consumo de drogas en los adolescentes?

Lo mejor para tratar de evitar que nuestros hijos se inicien en el consumo de drogas es actuar antes de que lleguen a la adolescencia. Desde sus primeros años, es importante escucharles y hablar con ellos, además de conocer sus amistades y fomentar un estilo de vida saludable en el hogar.

De esta forma, estaremos fomentando su autoestima, su autonomía y su responsabilidad. Es fundamental, en este sentido, que nuestros niños se sientan queridos y tengan límites y normas razonables. Así mismo, hay que hablar con ellos directamente sobre las drogas, su consumo y sus consecuencias en cuanto su capacidad de razonar así nos lo permita. Es decir, entre los 9 y los 12 años.

En estas edades los mensajes de los padres se reciben todavía sin mucha resistencia, al contrario de lo que pasa en la adolescencia. Por último, pero no menos importante, es sumamente relevante que padres prediquen con el ejemplo. De nada sirve que desarrollemos un discurso al respecto si luego nos ven a nosotros consumiendo.

  1. ¿Qué nos puede hacer sospechar que un adolescente consume drogas?

La realidad es que, aunque hayamos tratado de prevenir el consumo de drogas en nuestro hijo, puede que lo haya iniciado igualmente. ¿Qué señales nos pueden poner en sobre aviso de que esto ha pasado? Veamos una lista de situaciones que nos pueden hacer sospechar:

  • Problemas de aprendizaje o bajadas serias en su rendimiento escolar.
  • Dificultades para levantarse por la mañana.
  • Incumplimiento de responsabilidades.
  • Cambios bruscos de carácter.
  • Ocultación y retraimiento en la familia.
  • Problemas económicos o multas por consumo en lugares públicos.

Respecto a los porros, en concreto, puede aparecer con los ojos rojos o riéndose de forma exagerada. Si ha consumido pastillas, después puede presentar irritabilidad y estado de ánimo decaído. Pero aún así, hay que tener en cuenta que estos síntomas se pueden dar de forma normal en la adolescencia sin que haya habido un consumo de drogas.

  1. ¿Qué no nos ayuda si el adolescente consume sustancias?

Una vez que sospechamos que hay consumo de drogas, vamos a minar la confianza y nuestra relación con el chico o la chica si le forzamos a que se haga un test toxicológico. En esta línea, mostrarnos extremadamente rígidos puede ser perjudicial. Soltarles un discurso extenso sobre el tema va a hacer que nuestro hijo deje de escucharnos. Al igual que vamos a provocar que el adolescente consuma más en un acto de rebeldía si le amenazamos, le humillamos o recurrimos en órdenes estrictas.

Si notan que empezamos a vigilarles y espiarles vamos a provocar que nos oculten todo aquello que nos genere preocupación. Además, si somos catastrofistas y dramatizamos la situación, podemos hacer que sientan más curiosidad aún por las drogas.

Pero también podemos pecar de permisivos si le dejamos que consuma en casa o si ignoramos y evitamos el tema confiando en que ya se le pasará. Lo mismo ocurre si minimizamos el asunto, vamos a contribuir a que el joven siga sin percibir el riesgo asociado a este tipo de consumo.

  1. ¿Qué nos ayuda si el adolescente consume sustancias?

Ahora que sabemos aquello que puede perjudicarnos en la tarea de ayudar a nuestro hijo si consume drogas, vamos a conocer lo que sí que nos puede servir. En primer lugar, es importante que nos informemos bien de lo que son las drogas y la adicción, de forma que podamos transmitírselo a los adolescentes de forma adecuada.

Así, hablaremos del tema de forma tranquila y serena, evitando enfrentamientos y reacciones de rabia. Es sumamente relevante aclarar si el consumo es ocasional, experimental, habitual o ya hay dependencia. En este sentido, dialogar de forma cercana va a propiciar que nos explique porqué está consumiendo.

Si nos explica que lo hace para no pensar en sus problemas o para aliviar la rabia y el dolor, tendremos que buscar alternativas y recursos que realmente lo ayuden a manejar sus emociones de otra manera, ya que las drogas sólo van a hacer que este afecto negativo aumente.

También es importante enseñarles a buscar recompensas más satisfactorias que aquellas que consiguen de forma inmediata con el consumo de drogas. Para ello, les podemos ayudar a plantearse objetivos a medio y largo plazo, que dependan de su esfuerzo personal. En esta línea, es importante plantear unas normas que entiendan que les ayudan a crecer como personas y lograr la madurez, pasando así del control externo al autocontrol.

Por último, pero no menos relevante, hay que recordar que llegamos hasta donde llegamos. ¿Qué quiero decir con esto? Que es importante recordar que se puede y se debe pedir ayuda a nivel profesional, ya que así conseguiremos hacerle frente de forma completa al consumo de drogas.

Laura Reguera Carretero.

Padres, ¿por qué es tan importante educar en la autoestima?

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Podemos definir la autoestima como el juicio que hacemos de nosotros mismos. Esta evaluación no solo se construye en base a lo que pienso yo de mí, sino también de la información que los demás me dan y la imagen que me transmiten de mí mismo.

Muchos de los problemas y conductas de riesgo que podemos encontrar en la infancia y adolescencia están relacionados con una baja autoestima, tales como, ansiedad, síntomas depresivos o tendencias suicidas. También se ha descubierto que una baja autoestima durante la adolescencia es un factor de riesgo para diversos problemas en la edad adulta. Por ello, es sumamente importante que la familia ayude a los hijos a construir una imagen real y positiva de ellos mismos, pues esto va a contribuir a aumentar su bienestar tanto en el presente como en el futuro.

Sabemos que la adolescencia es una etapa que se caracteriza por experimentar una serie de acontecimientos novedosos y a la vez estresantes que suponen un desafío para la visión que tienen de ellos mismos. En muchas ocasiones los adolescentes se muestran esquivos o huraños, pero no debemos olvidar que siguen necesitando el afecto y cariño de los padres tanto o más que en etapas anteriores.

Por ello, ¿cómo ayudar a nuestros hijos a fomentar su autoestima?

En primer lugar, es muy importante tener expectativas realistas, viendo y aceptando a nuestro hijo tal y como es. Los jóvenes a veces no son como nos gustarían que fuesen y solo si los padres son realistas, los hijos podrán cumplir con nuestras expectativas.

En segundo lugar, debemos reconocer aspectos positivos de ellos y ayudarles a aceptar sus limitaciones, entendiéndolas como algo natural que todos tenemos.  Gestos cariñosos (ej.: una palmada de aprobación), mensajes positivos (“me ha gustado mucho esto que has hecho”), van a contribuir a mejorar su confianza.

Por último, es esencial hacer peticiones claras y concretas de lo que queremos que el adolescente realice para facilitar el éxito en la ejecución de las tareas. Es decir, debemos poner normas y límites claros, evitando las generalizaciones.

Con esto, no solo vamos a fomentar una imagen positiva en nuestros hijos sino que vamos a servir de ejemplo para que aprendan por sí mismos a mejorar su autoestima cuando lo necesiten.

Laura Reguera Carretero.

El arte de llegar a ser lo que uno quiere ser

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Por fin, llegó el final esperado por muchos chicos y chicas. Miles de adolescente se enfrentan durante estos días al examen de selectividad – o EvAU como se llama ahora -. Todo un año de estudio, de pasar apuntes y de calcular periódicamente la nota media de los exámenes llegó a su fin. Chicos y chicas, padres y madres, en su mayoría respiran aliviados. Lo consiguieron. Ya casi pueden tocar con sus manos la meta.

No obstante, no todos son sonrisas. EvAU significa también tomar decisiones, decisiones que afectarán su futuro. En estas semanas escuchamos a menudo preguntas tales como: “¿A qué me quiero dedicar?” “¿Quiero hacer una carrera o mejor decantarme por la formación profesional?” “Mi pasión es la historia, pero me han dicho que de eso no se vive” “¿Qué carrera tiene más salidas?”.

Debemos saber que en el proceso de búsqueda de la identidad típico de la adolescencia, también se incluye el saber “qué quiero hacer en mi vida”, y tener momentos de duda y desconcierto consituye un proceso normal en esta etapa.

Padres y madres, ¿qué podéis hacer para ayudar a vuestros hijos e hijas en estos momentos de incertidumbre? Sabemos que muchas veces resulta difícil hablar con un adolescente, pero en primer lugar, hay que mantener la calma, desarrollar la capacidad de escucha y no dejarse llevar por la angustia, el enfado o el miedo. Establecer una buena comunicación con los hijos es la base para tratar de resolver los problemas juntos y que acepten al menos considerar vuestros bien intencionados consejos.

“Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”, nos decía Confucio. “¿Y qué es lo que me gusta?” nos dice algún que otro adolescente. A estas edades la mayoría de los jóvenes no han averiguado cuál es su vocación. La clave para tomar buenas decisiones es obtener el máximo de información posible. Por ello, un primer paso es tratar de ayudar a nuestro hijo a averiguar cuáles son sus habilidades y capacidades (es decir, en qué son buenos) así como las actividades que más le interesa realizar.  Por ejemplo, si es extrovertido, si le gusta o no el trabajo en equipo, capacidad de liderazgo, etc. Cuanta más información tenga nuestro  hijo de sí mismo  y de sus intereses, más fácil va a ser realizar un perfil y relacionarlo con alguna actividad profesional.

Por otro lado, también es muy útil informarse de todas las carreras universitarias que existen, en qué universidades se imparten y asistir a jornadas de puertas abiertas que algunos centros realizan. Además, a veces tenemos ideas preconcebidas de lo que significa una profesión, por lo que preguntar o averiguar de algún profesional en qué consiste realmente aquello que estudió y en lo que trabaja, puede resultar sumamente valioso.

Por último, es importante encontrar un punto de equilibrio entre el apoyo que podemos ofrecer al adolescente y la libertad que necesita para elegir. Podemos ayudar, aconsejar, proporcionar alternativas… pero finalmente deben ser ellos los que reflexionen, elijan su camino y se responsabilicen de la decisión tomada. Muchos adolescentes eligen estudios que no les llenan por miedo a decepcionar a sus padres o a ser juzgados. Los hijos necesitan saber que, incondicionalmente, su familia acepta sus decisiones. Y si se equivoca, que ahí estarán para ayudarle a levantarse y continuar.

María José Ortega.

“Quizás camina con una gran sonrisa, pero no tienen idea por lo que está pasando”

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Navego por la web leyendo blogs de adolescentes para estar al día sobre que interesa a nuestros hijos de estas edades. Resulta que citas subidas por ellos mismos sobre “ya no vivir en el pasado”, “la importancia del perdón”, “al comienzo fue lindo ahora es toda una tortura” no generan interés en las redes sociales, pero la cita:

“Quizás camina con una gran sonrisa, pero no tienen idea por lo que está pasando”

Es compartida en las redes por nuestros adolescentes. ¿Por qué?

Porque refleja esa lucha constante del adolescente por encontrar una identidad con la que sentirse cómodo. La ruptura con los padres lleva a nuestros hijos a necesitar una identidad y a menudo se sienten diferentes, no saben muy bien quienes son, si reírse o si llorar. La cita refleja ese sentimiento de soy alguien, pero ese alguien no lo veis porque muestro una sonrisa. “No sabéis por lo que estoy pasando” y tampoco os lo voy a contar.

Por un lado, debemos entender que esta lucha hace que chicos y chicas muestren diferentes caras y formas de ser en diferentes momentos del crecimiento. Por otro lado, que pueda haber una diferencia entre lo que muestran y lo que piensan o sienten, casi siempre en función de la necesidad de aceptación. Puede ocurrir que caminen con una sonrisa mientras están perdidos o por el contrario que parezcan tristes e irritables cuando por dentro no están tan mal. Sí, es confuso porque son confusos y ellos mismos no se aclaran.

Nuestro trabajo cómo padres consiste en intentar ayudar a través de la aceptación a encontrar el sentido de la vida y la identidad a nuestros hijos. Observar, no solo lo que vemos sino lo que falta, lo que no vemos. Intentar adivinar lo que está detrás de silencios y sonrisas. Todo ello con el respeto que se merecen, respetando la privacidad (siempre y cuando no temamos por sus vidas) y mostrando que estaremos ahí cuando nos necesiten en ese proceso de búsqueda de identidad. Y si no sabemos cómo estar ahí, bastará con comunicarnos y prestar atención a lo que nos tienen que contar, mostrar interés.

Resulta que hay dos adolescentes, uno intimo que desconocemos, oculto para los padres e incluso para algunos o todos los compañeros y otro social que busca una identidad fundido con los demás. Si alguien buscaba blancos y negros para entender la lucha que se vive en la adolescencia, lo tiene difícil. Se trata de un periodo de grises que todos hemos vivido pero que hemos olvidado.

Los peligros de la tecnología.

 

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Recientemente en unas charlas que dábamos a estudiantes y padres sobre tecnología comenzábamos la sesión con una foto de un joven que con un portátil delante miraba a la audiencia con cara de asombro. ¿Qué ha asombrado a este chico? Pregunté a los participantes. La respuesta incluía imágenes pornográficas, acoso, insultos, proposiciones deshonestas…. No era eso. El asombro lo generaba la cantidad de cambios tecnológicos que vienen en los próximos años. Apps capaces de diagnosticar tan bien o mejor que médicos, impresoras 3D capaces de imprimir hamburguesas reales a precios razonables, drones que reparten paquetes por todo el mundo, compañías de hoteles que no tienen hoteles (Airb&b) o de taxis sin coches (Uber). La tecnología y el conocimiento en la red crecen exponencialmente y esto genera en nosotros padres el mismo miedo que generó el primer teléfono de sobremesa o el primer tren. ¿Qué será de nosotros y de nuestras profesiones?

 

Lo cierto de la tecnología es que difícilmente podemos privar, como policías, a nuestros hijos de herramientas que van a formar parte de sus vidas. Ya salimos nosotros con nuestros teléfonos de casa llevando un mundo de información en el bolsillo. ¿De qué manera podemos nosotros ayudar a nuestros adolescentes? Aunque nuestros conocimientos sobre teléfonos, play stations u ordenadores sean inferiores a los de nuestros hijos, nosotros somos expertos en la vida. Sabemos de manejo de emociones, sabemos de sentirnos solos o excluidos, de haber sido insultados, de haber recibido proposiciones deshonestas, de haber querido impresionar a otros y de querer ser aceptados por todos. También hemos sido adolescentes sin herramientas para vivir y ahora somos adultos mucho mejor preparados. Nosotros debemos supervisar la relación que nuestros hijos establecen con esa tecnología desde que son pequeños.

 

De la misma manera que enseñamos a un pequeñajo a utilizar un cuchillo comenzando con uno pequeño, de plástico, que apenas corta y llegan a cortar grandes filetes con cuchillos de metal, debemos supervisar los tímidos contactos con las redes y las emociones que pueden generar. Podemos enseñar lo que está bien y lo que está mal, podemos enseñar a respetar al otro, a bloquear a quién no nos respeta, a incluir en nuestros grupos solo a nuestros amigos, a entender que no tenemos que gustar a todos y que una foto con una copa o un cigarrillo en la mano no nos hace más atractivos. Podemos enseñar a denunciar la violencia, a no permitirla, a decir no a invitaciones de desconocidos, a poner la privacidad adecuada en nuestras apps y redes sociales. Al final se trata de enseñar valores, fundamentalmente el del respeto al otro y el de quererse a uno mismo. Los pilares que nos permiten enfrentarnos a los grandes cambios que trae la tecnología sí los podemos enseñar.

Qué hacer cuando un adolescente sufre de ansiedad y depresión

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Si estas preocupado por un adolescente con ansiedad o depresión y no sabes que hacer Fadi Haddad, psiquiatra y autor de Helping Kids in Crisis recomienda

  1. Hablar de cosas reales. Ir más allá de triunfos, horarios y obligaciones. Averigua que les preocupa por la noche y cuál fue la mejor parte del día. Entérate de sus sueños y preocupaciones, de cómo va su vida.
  2. Presta atención pero no les mimes. Hay que dar el espacio necesario para separarse de los padres y a la vez vigilar sus comportamientos. ¿Han dejado actividades que antes les gustaban? ¿Han cambiado sus hábitos de sueño o alimentación? ¿Tu hijo antes extrovertido se muestra aislado? Si estás preocupado déjaselo saber. Y muestra interés por su vida sin emitir juicios.
  3. Resístete a enfadarte. Normalmente nos enfadamos cuando nos mienten, esconden algo o tienen problemas de comportamiento. En su lugar averigua que está pasando. Dile: “Parece que algo te preocupa. Estoy para ayudar. Dime que te ocurre.”
  4. No esperes a buscar ayuda. Si estas preocupado por un adolescente habla con un psicólogo, médico o terapeuta. Mejor actuar antes que después
  5. Trata a toda la familia. Cuando un adolescente muestra problemas, los cambios en todo el sistema familiar son necesarios. Acepta que no solo nuestros adolescentes tienen que cambiar.

El papel de la intuición cuando escuchamos a un adolescente

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¡Hay que escuchar mejor! Cierto, y está de moda enarbolar la bandera de la escucha pero pocos saben lo que es escuchar de verdad. Como adultos, inmersos en el corre-corre de la vida diaria prestamos poca atención a lo que nos dicen nuestros adolescentes, que por otro lado tampoco parecen escucharnos a nosotros.

Nada mejor que pensar en tres niveles para entender lo que cada uno de nosotros “escuchamos” a lo largo del día.

Nivel 1. Escuchamos a nuestros hijos buscando aquello que nos toca a nosotros. Nuestro interés es encontrar situaciones familiares en su discurso, introducir nuestras experiencias, sugerirles lo que deben hacer basándonos en nuestra vida. El centro está en nosotros mismos, no en ellos. Damos nuestra opinión sobre cómo se deben hacer las cosas y cómo lo haríamos nosotros. Es la escucha narcisista y lleva a que nuestros hijos apenas nos cuenten. ¿Para qué?

Nivel 2. Hacemos preguntas, nos mostramos curiosos, nos interesa lo que nos cuentan y nuestras propias experiencias no nos distraen de esa escucha sin juicio. Tomamos conciencia de los valores de nuestros hijos y articulamos lo que vemos que ellos pueden ignorar o aceptar y siempre modificar. Sería la escucha que esperaríamos de un coach, un terapeuta, pero también la que debe ejercer un padre. Sería la muestra de una verdadera empatía donde entendemos al otro sin juzgar ni necesariamente compartir lo que nos cuentan, y sin renunciar a que en un momento dado intervengamos para guiar por el camino adecuado. Pero debemos de entender, que por mucho que queramos proteger, es el adolescente quién debe encontrar sus propias respuestas o soluciones.

Nivel 3: Quizás el más ignorado en la era del raciocinio. El nivel 3 de escucha implica recurrir a nuestra intuición. Prestar atención a aquello que no oímos en el discurso del otro. Todos hemos vivido situaciones en las que en una conversación con alguien querido hemos preguntado, sin venir a cuento, ¿te pasa algo? Todos hemos sentido la tensión que se respira al entrar en alguna reunión o habitación sin saber que ha pasado. Todos hemos doblado a la derecha en alguna carretera cuando perdidos sabíamos que era lo mejor para llegar a nuestro destino. Dejémonos llevar por la intuición. Escuchemos con nuestra intuición a nuestros hijos. Podemos escuchar que algo no va bien desde nuestra intuición e intervenir a tiempo.

Etica y adolescencia

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El conocimiento de las normas de conducta y el intento de obrar en consecuencia es lo que llamamos ética. ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos adolescentes a entender lo que está bien y lo qué no? A los hijos les influyen las palabras y los actos de los padres.

En la niñez se aceptan las órdenes de los padres pero en la adolescencia se cuestionan y se cuestionan porque el adolescente necesita escoger sus propios valores que pueden o no coincidir con los de los padres. Es parte del proceso de desarrollo de la identidad. No se trata de repetir un código exterior sino de hacerlo propio.

El camino de la formación en valores comienza con obedecer a los padres y adultos significativos, al principio por evitación al castigo, después al darse cuenta de que lo correcto sirve a los intereses propios y a la convivencia en grupo, luego al darse uno cuenta de que hacer lo correcto es una elección libre que nos ayuda a mantener el orden social para finalmente hacer que esos valores escogidos formen parte de la personalidad del adolescente.

Como padres deberemos acompañar a nuestros hijos en este proceso. Desde los 12 años y de manera progresiva los jóvenes deben de tener la oportunidad de tomar parte en las decisiones que afectan sus vidas. El poder de decisión y la autonomía no aparecen repentinamente sino que se van desarrollando poco a poco basándose en la experiencia con la supervisión paterna. Buenos padres observan y supervisan, no sobreprotegen ni dejan solos a sus hijos en este desarrollo moral.

La meta del desarrollo moral es la autonomía. Nuestros hijos deben de ser capaces de desarrollar códigos de comportamiento que les sirvan para actuar en libertad. La pregunta que nos debemos hacer como padres es ¿Hasta qué punto, en cada momento, nuestro hijo adolescente puede ser autónomo? Los niños de 12 años no tienen un código de valores suyo desarrollado todavía y por lo tanto no pueden ser autónomos todavía. Poco a poco y con nuestra ayuda irán desarrollando las actitudes, habilidades y conocimientos (en ese orden) para funcionar con autonomía siguiendo los valores escogidos, que a menudo, al final, coinciden con los nuestros.

Nuestro trabajo como padres:

  • Actuar como modelos de rol
  • Enseñar a actuar con libertad y autonomía
  • Estimular el que se formen criterios propios y aceptar que sean diferentes de los nuestros
  • Comunicarnos con nuestros hijos analizando comportamientos éticos de la vida real o de películas, periódicos etc.

Los tres requisitos para un buen padre de adolescente: quiere, pon límites y deja ser

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Las reglas para ser un buen padre de un adolescente son tres: quiere a tus hijos, ponles límites y déjales ser. Nada resume mejor el trabajo de ser un buen padre.

Por un lado hay que querer y amar a nuestro adolescente sin condiciones. Es importante mostrar ese cariño con reconocimiento y apoyo incondicional en los momentos difíciles. Un abrazo, un beso, (a veces mejor en privado que delante de sus amigos), un estar a su lado sin juzgar pero ofreciendo orientación y reconocimiento son un importante ingrediente para un crecimiento sano y un buen desarrollo de la autoestima.

Por otro deberemos siempre poner límites. Poner límites, no lo olvidemos, es decir te quiero y me preocupo por ti. No voy a dejar que te hagas daño y para ello te exigiré respeto a quienes te rodean, te pediré que vuelvas a casa a una hora razonable y que trabajes y/o estudies. La felicidad viene tanto de amar y jugar cómo de trabajar y ser responsables y por ello te exigiré que seas mejor (no el mejor) y no te dejaré hacer aquello que creo que te puede perjudicar.

Por último deberemos dejar ser. Deberemos dar libertad para que el adolescente explore quien es y se aventure en nuevos mundos para descubrir su propia identidad, sus ideas políticas y religiosas, su sexualidad, sus gustos, cómo administrar su tiempo, elegir sus propios amigos. Todo ello bajo nuestra supervisión (manejando nuestra propia angustia) y cuidado. No es fácil dejar ser a un niño que hasta ahora era quien nosotros queríamos que fuera.

El equilibrio entre dejar ser y poner límites no es fácil. La protección (no la sobreprotección) marca la diferencia. Hay que dejar que nuestros adolescentes aprendan de sus propios errores sintiéndose apoyados y protegidos por nosotros. Tienen que desarrollar su propia resiliencia.

Recordar y practicar estos tres factores nos ayudará a ser buenos padres en el periodo de la adolescencia.