“Céntrate en forjar capacidades en lugar de erradicar malos comportamientos”

“Céntrate en forjar capacidades en lugar de erradicar malos comportamientos”

¿Cómo respondes cuando tu hijo/a se comporta de manera inadecuada? Muchos padres se centran en eliminar el comportamiento indeseado, ya sea haciendo que cese o que desaparezca. Pero no olvidemos que cuando emitimos una conducta también estamos comunicando, y un comportamiento problemático de nuestros hijos refleja el siguiente mensaje: “necesito de vuestra para desarrollar mi capacidad/habilidad en este aspecto concreto porque todavía no soy capaz de hacerlo bien”. Por lo tanto, nuestro enfoque no debería ser el deshacernos del mal comportamiento sino determinar lo que queremos que incorporen: la habilidad para hacer mejor las cosas la próxima vez. Evidentemente todos queremos reducir al máximo los comportamientos problemáticos, pero si queremos ayudar a nuestros hijos es más eficaz centrarnos en ayudarles a desarrollar las habilidades necesarias para regular sus emociones, saber expresarlas de manera correcta y mantenerse en calma, que centrarnos en extinguir comportamientos. La serenidad no implica estar siempre calmado, sino haber aprendido a manejar las olas de las emociones con habilidad; y si uno vuelca…la capacidad de volver a navegar. Contribuir a desarrollar en nuestros hijos la capacidad de resiliencia.

Vamos a ver todo esto con dos ejemplos. Una mamá acudió a consulta porque estaba preocupada por su hijo de 7 años. Le habían citado a una tutoría desde el colegio porque su hijo tenía bastantes conflictos con sus compañeros de clase. Ocurría que, si estaban jugando con una pelota en el recreo, se enfurruñaba por tener que esperar turnos o por no jugar a lo que quería…y pegaba una patada a la pelota alejándola de malas formas. También se enfadaba y se mostraba agresivo si le pillaban pronto cuando jugaba al escondite, y en clase imponía su criterio en las tareas de grupo, entre otras cosas. En lugar de aplicar castigos por actuar de esa forma o de ofrecer recompensas si se porta bien en clase, vamos a pensar en primer lugar: ¿qué habilidades le faltan a este niño? Principalmente podemos observar que falta desarrollar la capacidad de compartir, esperar turnos y ser deportivos. En segundo lugar: ¿cómo puede esta madre enseñar estas habilidades a su hijo? En consulta, junto a los padres y profesores, ideamos maneras de practicar estas capacidades como, por ejemplo: involucrar al niño en la planificación de las actividades; crear juegos de rol en los cuales, por turnos, asumía el papel de profesor e inventar historias sobre compartir y esperar su turno con muñecos y personajes de acción (“Ayúdame a enseñarle a Batman a compartir esto con su amigo”).

Otros padres nos pidieron consejo sobre cómo abordar que su hija de 11 años no quisiera irse de campamento, no sabían qué hacer con ella. Lo que le ocurría a esta niña era que le daba mucho miedo separarse de sus padres. En lugar de decirla: “María, no tienes de qué preocuparte, vas a estar bien y además ya eres mayor”, etc., sería recomendable preguntarnos qué necesita desarrollar esta niña. Podemos ser empáticos y mostrarle comprensión (“hija, se que te asusta”), además de proponerle entrenar el estar separados antes de dar el paso de irse de campamento.  Pasar unas cuantas noches en casa de abuelos, tíos, o amigas, podría ayudarla a adquirir seguridad en ese aspecto.

Cuando entendemos que la conducta de nuestro hijo/a es una forma de comunicación que nos permite saber qué estrategias y que capacidades todavía tiene que adquirir y desarrollar, nos permite dar una respuesta más eficaz y compasiva. Los niños no simplemente se portan mal y nos ponen las cosas difíciles: ellos necesitan nuestra ayuda.

María José Ortega

Psicóloga Infanto-Juvenil. Certificada en Disciplina Positiva.

Las 3 preguntas que te deberías hacer antes de responder al mal comportamiento de su hijo/a

Las 3 preguntas que te deberías hacer antes de responder al mal comportamiento de su hijo/a

Quizás te suena esta situación. Estás con tu hijo de 4 años y te pega. Estás enfadado porque le has dicho que antes de jugar a los legos con él tenias que enviar un correo importante, y él ha reaccionado dándote un golpe en la espalda (es sorprendente cómo una persona tan pequeñita puede hacer tanto daño, ¿verdad?). ¿Qué haces en ese momento? Si llevamos puesto el piloto automático (esto es, si no utilizamos una filosofía específica en educación sobre cómo afrontar el mal comportamiento), quizás reaccionemos sin mucha reflexión o intención agarrándole, probablemente algo más fuerte de lo debido, y diciéndole con voz fuerte ¡no se pega a mamá/papá! A continuación, probablemente aplicaremos algún tipo de castigo.

¿Es la peor reacción parental posible ante un mal comportamiento? No, pero ¿podría ser mejor? Claramente sí. Con nuestros hijos debemos ser receptivos en lugar de reactivos. Hemos de ser intencionales y tomar decisiones conscientes basadas en principios que hemos pensado y estado de acuerdo con antelación sobre cómo educarles. Lo que hace falta es tener claro qué queremos conseguir realmente cuando nuestro hijo se porta mal, y tener una estrategia clara y coherente para responder ante estas situaciones cotidianas.

Tengamos presente que, al fin y al cabo, la disciplina tiene que ver con la enseñanza. Por lo tanto, si aprietas los dientes, sueltas una norma con rabia y enfado y aplicas un castigo, ¿será eso eficaz para enseñar a tu hijo sobre la acción de golpear a mamá/papá? Quizás en el momento sí, pero a largo plazo sabemos que el miedo y el castigo no sirven de mucho. Sirven para enseñarle que el poder y el control son los mejores instrumentos para conseguir que los demás hagan lo que queremos que hagan.

Mamá, papá, ¿cómo puedes actuar para que por tu parte la disciplina sea menos una reacción que genera miedo y más una respuesta que genera destrezas? Antes de responder a un mal comportamiento, dedica unos instantes a responder a estas tres preguntas:

  1. ¿Por qué mi hijo/a ha actuado así? Quizás te ha pegado porque quería tu atención y no la tenía. Si pensamos desde la curiosidad y no desde el enfado, podremos observar que normalmente detrás de estas conductas se pone de manifiesto que el niño estaba intentando expresar algo, pero no lo hizo de la manera adecuada.
  2. ¿Qué lección quiero impartir en este momento? En el caso del ejemplo, quieres que aprenda que no se pega y que hay muchas maneras adecuadas de expresar sus sentimientos. Que para obtener nuestra atención y controlar su enfado, existen opciones mejores que el recurso de la violencia.
  3. ¿Cuál es el mejor modo de enseñar la lección? Llevarle a su cuarto o aplicar algún castigo no relacionado puede hacer que lo piense dos veces antes de volver a pegar pero hay otras alternativas mejores, con mayores resultados a largo plazo. 1) Conecta emocionalmente con él (“Hijo, esperar no es fácil. Estás enfadado porque quieres que juegue contigo y yo estoy con el ordenador, ¿verdad?”. Nos responderá ¡Siiii!). 2) Mírale a los ojos, mientras se va tranquilizando y es más capaz de escuchar, explícale que pegar no está bien y háblale de otras opciones que puede elegir la próxima vez que quiera llamarte (una palabra, una señal, etc.).

La clave está en plantearnos la disciplina de una forma nueva, en repensarla, y no actuar en piloto automático sin una estrategia clara y coherente.

María José Ortega Martínez

Psicóloga Sanitaria

¿Qué hay detrás del mal comportamiento de tu hijo/a?

¿Qué hay detrás del mal comportamiento de tu hijo/a?

No sé si has escuchado hablar de la disciplina positiva. Es una metodología que tiene sus orígenes en los años 20 en las ideas de Alfred Adler, Psiquiatra infantil, junto con Rudolph Dreikurs. Pero es a partir de los años 80, con Jane Nelsen, cuando se sistematizó, experimentó y se ha comprobado hasta el momento actual, el beneficio de esta manera de educar. Es un modelo educativo para entender el comportamiento de los niños y la forma de abordar su actitud para guiarles en su camino siempre de forma positiva, afectiva, pero firme a respetuosa tanto para el niño como para el adulto.

Una de las enseñanzas que nos deja la disciplina positiva es la idea de que, cuando los padres y educadores observamos un mal comportamiento en nuestro hijo, tenemos que ir más allá de la conducta. En la mayoría de las ocasiones, los padres únicamente nos fijamos en el comportamiento inadecuado del niño y tratamos de modificarlo. Me explico: imaginemos que tenemos un niño/a de 3 añitos, que acaba de tener un hermanito/a. De repente, observamos está dejando de comer cosas que le gustaban anteriormente, de vez en cuando incluso tira la comida, y llora con más frecuencia. Lo más probable es que tratemos de idear formas de que vuelva a comer con normalidad o de calmarle cuando se desregula. ¿Qué nos anima la disciplina positiva? A meternos en el mundo del niño; a mirar qué hay debajo de ese comportamiento, qué nos está queriendo decir el niño/a, a encargarnos de la “creencia” detrás del comportamiento.

Hay cuatro metas erróneas que llevan a conductas negativas (lo que está detrás del mal comportamiento):

▪ BÚSQUEDA DE ATENCIÓN: “solo me tienes en cuenta y soy importante cuando me prestas atención”.

▪ LUCHA DE PODER: “solo me tienes en cuenta cuando mando y/o cuando no permito que tú me mandes”.

▪ VENGANZA: “no me tienes en cuenta, pero al menos puedo devolverte el daño que me has hecho”.

▪ DARSE POR VENCIDO O ASUMIR UNA CONDUCTA DE INCAPACIDAD: “es imposible que me tengas en cuenta y me doy por vencido”.

Es imprescindible conocer las creencias escondidas detrás de la conducta de los niños para poder estimularles proporcionando oportunidades para que ellos mismos las cambien. Un niño se siente motivado cuando cree que comprendemos su punto de vista.

Con respecto al ejemplo anterior, ¿qué puede haber detrás de la conducta del niño que deja de comer y llora frecuentemente por el nacimiento de un hermanito? Si los padres se sienten molestos, irritados, preocupados o incluso culpables, probablemente sea una búsqueda de atención. Tenemos que entender que, para el niño, de repente ha venido otra persona que se lleva el cariño de mamá y papá, y ha quedado relegado. Los padres no deberíamos centrarnos en que coma más o menos, tire o no la comida… (cualquiera sea la conducta/s inadecuada/s), si no en que se sienta de nuevo importante en casa, sienta que pertenece, y que no solo es importante cuando estáis ocupados con él por su mal comportamiento. Necesita pasar tiempo especial con él, involucrarle en una tarea útil para que consiga atención positiva., establecer rutinas, etc. De esta forma, podremos ayudar a nuestro hijo con la necesidad que estaba debajo de su mal comportamiento.

María José Ortega

Psicóloga Sanitaria

10 consejos para padres con hijos adolescentes

10 consejos para padres con hijos adolescentes

¿Cómo definirías  la adolescencia? Nos encontramos que gran parte de los adultos la definen como una etapa poco agradable, una revolución de hormonas y la famosa “edad del pavo”. Esto se debe a que vemos a nuestros niños-adultos que pasan por esta etapa como algo egoístas, muy sensibles, irresponsables, irrespetuosos, etc.

En la etapa de la adolescencia los niños se preparan para ser adulto, lo cual hace que sufran multitud de cambios tanto físicos como psicológicos, por ello es importante saber cómo actuar:

  • Si echamos la vista atrás, veremos que nosotros ya hemos pasado por esa misma etapa y nos puede dar pistas de lo que puede ser perjudicial o beneficioso para nuestro adolescente y en nuestra relación padre/madre e hijo/a, siempre teniendo en cuenta las diferencias y circunstancias individuales de cada uno.
  • Darles su propio espacio e intimidad. El niño preparándose para la edad adulta se ve ya como un adulto, lo cual querrá que vosotros como padres respetéis su intimidad.
  • Evitar tratarles como a niños, ya son individuos con bastante autonomía y la mayor parte de las cosas la sabrán hacer solos. Lo cual no quita que debáis estar ahí cuando demanden vuestra ayuda. Es importante que sepan que os tienen cuando os necesiten.
  • Poner límites cuando sean necesarios, pero siempre hay que explicarles la importancia de estos límites como se le explicaría a otro adulto. Por ejemplo, enseñarles que las cosas hay que ganárselas.
  • No subestimar sus problemas, aunque os parezcan absurdos, sin importancia, y que hace un mundo de ello, para tu hijo/a tiene la misma importancia que para vosotros como adulto cualquiera de vuestros problemas. Si subestimáis sus problemas, probablemente no volverá a contaros nada porque no sentirá el consuelo o apoyo que necesita es sus momentos emocionales más complicados.
  • Hablar con ellos sobre el mantenimiento de relaciones sexuales. Son adolescentes y están explorando el mundo sexual. Siempre será mejor que sus referentes principales de aprendizaje le hablen de ello a que obtenga la información a través de su propia experiencia. Pues esto, puede llevarles a no ser conscientes de los riesgos que tiene el mantenimiento de relaciones sexuales sin protección.
  • En concordancia con el punto anterior, hablar con ellos sobre las drogas. Esto puede ayudarles a ver el peligro de estas.
  • Del mismo modo, hay que explicarles a nuestros hijos/as los riesgos de las redes sociales e internet para evitar problemas futuros y promocionarles un uso saludable de ello.
  • Explicarles lo importante que es llevar una vida sana, tanto físicamente como psicológicamente (alimentación, relaciones sociales, deporte, etc).
  • Finalmente, darles cariño, escucharles activamente y que sientan que realmente vosotros como padres sois su principal apoyo.

Laura Fernández

Psicóloga Sanitaria

Implica a tu hij@ en la disciplina

Implica a tu hij@ en la disciplina

Cuando el niño/a ha hecho algo mal y tenemos que imponer disciplina, tradicionalmente los padres hablamos (o más bien, sermoneamos) y los niños escuchan (o más bien, no hacen ni caso). Esta es una comunicación unidireccional, de padre a hijo, de abajo a arriba. Sin embargo, cada vez sabemos más que la disciplina es mucho más eficaz y respetuosa cuando se inicia un diálogo bidireccional. Es decir, un dialogo reciproco y colaborativo con nuestro hijo/a, en vez de soltar nuestro monólogo. Esto no significa perder nuestro papel de autoridad. Significa implicar al niño en el proceso de disciplina, pues tiene multitud de beneficios: aceptan más lo que se les propone, se sienten más respetados, y, por lo tanto, son más proclives a cooperar y a encontrar soluciones al problema.

¿Cómo implicar a nuestro hijo? Una vez conectemos con él y esté receptivo, podemos iniciar un diálogo que conduzca primero a la percepción (“Como sé que conoces la regla, me pregunto qué te ha empujado a hacer esto”) y luego a la empatía y la reparación de lo sucedido (“¿Cómo crees que se lo ha tomado tu hermano y cómo puedes arreglar las cosas?”).

Cuando involucramos a nuestro hijo/a en la disciplina, estamos dándole la oportunidad de reflexionar sobre sus propias acciones y las consecuencias que se hayan derivado de las mismas en un nivel mucho más profundo que en la comunicación unidireccional.

Vamos a ver con un ejemplo común (niño/a que pasa mucho tiempo jugando a videojuegos) los distintos tipos de comunicación que hemos señalado:

  1. Comunicación tradicional unidireccional. Le diríamos algo así al niño/a: “¡Estás todo el rato con la maquinita! A partir de ahora, solo podrás jugar 15 minutos al día. ¡Ni uno más porque luego terminamos discutiendo y no obedeces! Además, es por tu bien, porque…”
  2. Comunicación bidireccional: “Últimamente pasas mucho tiempo con la pantalla y eso no conviene porque hace que dejes los deberes para luego. Además, me gustaría que hicieras también otras actividades. Así que tenemos que idear un plan con respecto al uso de la play. ¿Alguna idea?¿Cómo sería hacer un buen uso del aparato?”.

Siguiendo con este ejemplo, cuando comentes la posibilidad de reducir el tiempo de videojuegos, lo más probable es que experimentes resistencia por parte de tus hijos. Puedes recordarles que la decisión final la tomarás tu pero que estás solicitando su intervención y les estás preguntando porque les respetas, quieres tener en cuenta sus sentimientos y consideras que ellos te pueden ayudar a resolver el problema con eficacia. A lo niños suelen ocurrírseles la misma solución que en cualquier caso habríamos impuesto nosotros. En muchas ocasiones saben lo que tienen que hacer. Pero con esta forma de comunicación e implicación en la disciplina, están ejercitando su cerebro superior y han percibido respeto en todo momento.

María José Ortega

Trucos para que nuestro hijo/a nos escuche.

¿Qué hacer para que nuestros hij@s nos escuchen? Esta es una pregunta que nos hacemos muchos padres y madres. Si no hay entendimiento, de nada servirán nuestras palabras, ni las amenazas, ni los castigos. Aquí algunos trucos para mejorar la comunicación:

  1. Conectar emocionalmente con nuestro hijo/a. Captamos la atención del niño y estos se inclinan a hacer lo que los adultos proponen cuando se sienten conectados emocionalmente con nosotros. Esto quiere decir que, si nuestro hijo se siente tomado en cuenta, sabe lo que se espera de él y habrá más probabilidad de que se esfuerce por cooperar.
  2. Ser lo más claros y directos posibles cuando contestamos a sus preguntas o requerimos su atención. Los grandes discursos o los monólogos no sirven.
  3. Escoger el momento adecuado. Cuando nos hacen preguntas, quiere decir que están dispuestos a escuchar y quieren nuestra opinión. Procurar elegir el momento adecuado cuando hay que tratar temas delicados.
  4. Permitirles que expresen su desacuerdo. Algunos padres y madres piensan que, si permiten a sus hijos que manifiesten su desacuerdo, pueden perder el respeto de estos. Lo cierto es que normalmente los niñ@s tienen más respeto hacia los progenitores cuando sienten que son libres para expresar libremente su opinión sobre las cosas y se les escucha.
  5. Dejar que expresen sus sentimientos. Sean cuales sean, tanto “buenos” como “malos”. Decir a nuestros hijos/as que deberían sentirse de otra manera, no es un buen estímulo para que nos escuchen.
  6. Dar ejemplo. Escucharlos siempre que lo necesiten. Dejarles claro que siempre estamos dispuestos a escucharles; esto propiciará que acudan a nosotros ante dificultades.

3 ideas clave para un buen desarrollo psicológico de tu hijo/a

3 ideas clave para un buen desarrollo psicológico de tu hijo/a

Nuestros hij@s no sólo crecen en estatura, también interiormente, a nivel cognitivo y emocional. Es importante que, como padres y madres, fomentemos un crecimiento psicológico saludable mediante nuestros estilos educativos, nuestra forma de establecer los límites y dar afecto. Al final, lo que queremos es que desarrollen destrezas y la capacidad para manejar situaciones exigentes, frustraciones y tormentas emocionales que pueden hacerles perder el control. Pero necesitan nuestra ayuda para lograrlo.

Aquí tres ideas clave de cómo podemos ayudarles como educadores basado en los conceptos de disciplina positiva de D. Siegel y T. Payne:

  1. Repensar nuestra forma de establecer disciplina. Normalmente cuando nos ponemos furiosos con el niño/a, solo reaccionamos. Unas veces nuestro instinto es bueno; otras acabamos siendo tan inmaduros como él/ella. Si nuestros hij@ actuara como nosotros… ¡lo mandaríamos a su cuarto!, ¿verdad? Antes de responder ante un mal comportamiento, piensa en estas tres preguntas: ¿Por qué mi hijo ha actuado así? ¿Qué lección quiere enseñar en este momento? ¿Cuál es el mejor modo de enseñar esa lección? Al formularnos estas tres preguntas, cuando los niñ@s hagan algo inadecuado, podremos abandonar más fácilmente el “piloto automático” (el grito, la amenaza, el castigo, el “a tu cuarto” …) y tendremos más posibilidades de reaccionar de una manera más efectiva.

 

  1. “Di no a la conducta… pero sí al niño/a”. ¿Qué significa esto? La relación con nuestro hijo/a ha de ser clave en todo lo que hagamos. Cuando ponemos limites a sus comportamientos, tenemos que conectar con ellos desde el punto de vista emocional. Cuando se comportan mal, es cuando más suelen necesitar la conexión con nosotros. Conexión significa que independientemente de si nos gusta su forma de comportarse o no, le hablamos con afecto, le escuchamos y le transmitimos apoyo. Esto no equivale a permisividad. Es una forma de establecer limites claros y firmes acompañada de conexión y empatía. Prestar atención a las emociones del niño/a, suele traducirse en más calma y cooperación.

 

  1. No utilices el castigo físico. La frustración nos lleva a veces a utilizar el azote como estrategia disciplinaria. Gracias a numerosas investigaciones, sabemos que no es algo efectivo. De hecho, desde un punto de vista neurológico surge un problema muy importante. El cerebro interpreta el dolor como amenaza. Cuando uno de los progenitores causa dolor físico a su hij@, este se enfrenta a una paradoja irresoluble, a una situación muy confusa. Una parte empuja al niñ@ a intentar escapar del padre/madre que le está haciendo daño, mientras que otra parte lo empuja hacia esa figura de apego en busca de seguridad (ya que todos nacemos con el instinto de acudir a nuestros cuidadores cuando somos heridos). Cuando el padre/madre es el origen del dolor o del miedo, puede que el cerebro acabe funcionando de firma desorganizada, pues de crea una paradoja sin resolución. Además, ¿queremos enseñarles que la manera de resolver conflictos es causando dolor físico, en especial a alguien desvalido que no es capaz de defenderse?

 

Si os ha resultado interesante, os invito a leer más en “El cerebro afirmativo del niño: Ayuda a tu hijo a ser más resiliente, autónomo y creativo” de D. Siegel y T. Payne.

María José Ortega

Ayuda a tu hijo/a a calmarse con el “tiempo fuera positivo”

Ayuda a tu hijo/a a calmarse con el “tiempo fuera positivo”

Cuando los niños/as se portan mal, la mayoría de las familias recurrimos al castigo, al “vete a tu cuarto y no salgas hasta la cena” o al “rincón de pensar, para que reflexiones sobre lo que has hecho”, entre otros. Este enfoque tiene como finalidad hacer pagar al niño por su error, y se enfoca en el pasado. Cada vez los castigos nos dan menos resultados, porque genera en nuestro hijo sentimientos de venganza y no es efectivo para ayudar a los niños a mejorar en el futuro. Además, ¿podemos los padres y madres controlar lo que piensa nuestro hijo cuando les mandamos a reflexionar sobre lo que ha hecho? No, ¿verdad? Lo más probable que piensen es en lo que me han hecho mis padres que me han mandado a este sitio, o lo injustos que han sido. Lo más triste es cuando los niños piensan que son una “mala persona” o “no son lo suficientemente buenos”.

Cada vez tenemos más datos de que enfocarnos en SOLUCIONES (no en quejas y en hacer “pagar por el error/comportamiento”) y en ver los problemas como oportunidades para APRENDER, es la clave para mejorar las relaciones familiares y el mejor entrenamiento para la vida que podemos dar a nuestros retoños.

Una valiosa habilidad en el arte de enfocarnos en soluciones en lugar de quejas y castigos, es enseñar el valor de los periodos de enfriamiento. Es importante comprender y enseñar a los niños que, en la mayoría de los casos, es necesario un periodo de enfriamiento antes de intentar encontrar una solución a lo que ha ocurrido. Parar, tranquilizarnos, pensar, y actuar. Cuando estamos enfadados o airados por la enésima trastada que ha hecho el niño, estamos secuestrados emocionalmente por nuestra amígdala, y el “cerebro pensante” o neocórtex, no está tomando el control. Son las emociones las que nos controlan. En estos momentos, es muy útil esperar hasta que nos hayamos calmado y podamos recuperar nuestro cerebro pensante o racional. Aquí es donde entra el “tiempo fuera positivo”.

El “tiempo fuera positivo” es muy diferente al castigo tradicional porque está diseñado para ayudar a los niños a sentirse mejor (de tal manera que puedan acceder a su cerebro racional), no para hacerles sentir peor (un estímulo poco eficaz para el cambio), o para hacerlos pagar por lo que han hecho. Además, ya sabemos que no es efectivo enfocarnos en soluciones hasta que todos nos hayamos tranquilizado lo suficiente como para acceder a nuestro cerebro pensante.

El “tiempo fuera positivo” consiste en crear un espacio en casa que nos permita tranquilizarnos y recuperar el control. Este espacio debe ser creado conjuntamente con los niños y darle un nombre (ejemplo: “Hawái” o “lugar feliz”). Este espacio debe ser dotado de herramientas que ayuden al niño a tranquilizarse, como puede ser: slime, rotuladores, libros, mandalas, legos, puzles, plastilina, música, etc. Ellos deben elegir qué les podría ayudar. El niño no debe percibir este lugar como un castigo o un sufrimiento, sino como un lugar que me sirva como herramienta para seguir desarrollando mi capacidad de recuperar el control.

Algunas familiares me preguntan si esto no sería reforzar el mal comportamiento, si no es dejar que el niño se salga con la suya, o si es permisividad. Estas preguntan vienen porque nos han criado en la idea de que los niños serán mejores si son castigados (si se sienten mal por lo que han hecho), y no hemos comprendido que los niños son mejores cuando se sienten mejor. Es importante conocer que los métodos positivos son más eficaces a largo plazo que los métodos únicamente punitivos, porque comprenden el comportamiento humano.

Cuando nuestro hijo tenga una pataleta o, por ejemplo, quiera algo que no le podemos dar y nos monta el “numerito”, podemos preguntarle: “¿te ayudaría ir a nuestro “Hawái”? Si no estás tranquilo, no puedo escucharte”. Y le acompañamos hasta el lugar. En muchas ocasiones, el simple hecho de sentirse mejor es suficiente para redirigir al niño hacia una conducta más aceptable. Luego, podremos centrarnos en crear una solución del problema padres e hijos juntos proponiendo ideas. Cuando se da la oportunidad, a menudo los niños son mejores resolviendo problemas y dando ideas que los propios adultos. Si les damos el espacio, muchos nos sorprenden con sus ideas y propuestas, además de involucrarles y comprometerles en la solución, pues ellos se sienten parte de la familia y la resolución del conflicto o situación.

Conecta con tu hijo/a, la conexión calma

Conecta con tu hijo/a, la conexión calma

¿Sabías que la conexión es un instrumento muy potente cuando los niños están enfadados o tienen dificultades para tomar buenas decisiones? Los adultos atendemos a los niños, los cuidamos, les hablamos, les exigimos, les organizamos, les mandamos… pero cómo nos cuesta conectar emocionalmente con ellos y sin embargo ese es el objetivo primordial de los chicos… conectar con nosotros.

Cuando a nuestros hijos les cuesta controlarse y no toman decisiones acertadas, la primera respuesta que deberían encontrar de nuestra parte es establecer conexión emocional.  ¿Por qué razones? ¿Qué ventajas tiene?

  1. La conexión ayuda al niño a pasar de la reactividad a la receptividad. En los momentos en los que están más alterados, es cuando más nos necesitan. Sus acciones son un mensaje de que necesitan ayuda. Cuando se sienten “sentidos” por nosotros, incluso sabiendo que no nos gustan sus acciones, es cuando pueden empezar a recuperar el control. La conexión les lleva de un estado reactivo a uno receptivo; y la receptividad resulta de la conexión. ¡Qué difícil es esto, ¿verdad? ¡Cuántas veces en una situación en las que nos sentíamos tristes, enfadados o airados, nos han dicho (de pequeños e incluso de adultos): “no te pongas así”, “no es para tanto” o “vete al rincón de pensar hasta que estés más calmado”! ¿Cómo nos ha hecho sentir esto? ¿Más calmado? Desde luego que no. Pues estas son las respuestas más comunes que damos a nuestros hijos, muy lejos de conectar emocionalmente con ellos.

 

  1. La conexión construye el cerebro. Conectar con las emociones de nuestros hijos cuando estamos educando y poniendo disciplina, se ha descubierto que a largo plazo incide en el desarrollo del cerebro del niño positivamente. Si escuchamos sus sentimientos, transmitimos lo mucho que los queremos incluso cuando la lían, ejercemos un impacto muy importante en su cerebro y ejercemos de modelo en la clase de personas que serán. A nivel neurológico, la conexión refuerza las fibras conectivas entre el cerebro superior (el que planifica, pone orden, nos permite pensar y evaluar una situación) y el cerebro inferior (emocional, primitivo, impulsivo) puedan comunicarse entre sí con más eficacia y anular los impulsos más primitivos. Esto ocurre cuando establecemos lazos de empatía: sentimos los sentimientos de nuestro hijo y comprendemos su punto de vista.

 

  1. La conexión intensifica la relación con tu hijo. La conexión emocional debe ser nuestra principal respuesta prácticamente en cualquier situación de disciplina, no solo porque nos ayuda a solucionar el problema a corto plazo, porque convertirá en mejores personas a largo plazo, sino porque nos ayuda a transmitir lo mucho que valoramos la relación.

 

¿Seremos capaces de conectar primero con nuestros hijos cada vez que se descontrolen o la líen? Seguro que no. Pero, cuanto más a menudo establezcamos una conexión emocional en primer lugar, con independencia de lo que haya hecho el niño, más les demostraremos que pueden contar con nosotros para tener consuelo y apoyo, y mejores resultados tendremos a corto y largo plazo en restablecer la tranquilidad y la paz.

Entrenarme para entrenar

Siempre pienso que, como padres y madres, tenemos dos papeles esenciales con respecto a nuestros hij@s: en primer lugar, dar amor y cariño incondicional (que el niñ@ sienta que sea quien sea, le querremos igual); y, en segundo lugar, y no menos importante, entrenarles para la vida. Sí, familia, llegará un momento en el que nuestros retoños tomarán decisiones por sí mismos y se enfrentarán a situaciones en las cuales no estaremos a su lado para indicarles lo que consideramos más correcto. Es “ley de vida” como comúnmente decimos, ¿verdad?

Pero claro, nadie nos ha dado un manual para ser unos buenos entrenadores. Si queremos que nuestro hij@ salga un día de casa preparado para afrontar la vida y ser feliz, tenemos que entrenarnos en una serie de habilidades básicas que a su vez van a servir de ejemplo para ellos. Aquí las tenemos:

1.Confianza. El miedo es como un virus. Desde que nacen los niñ@s parece que esta emoción se apodera de nosotros: tenemos miedo a que sufran, a que les hagan daño, a que no sean felices, miedo a que no puedan cumplir sus sueños, miedo a que se desilusionen, y así infinito. Es muy contagioso, y puede acabar siendo el miedo quien eduque a nuestro hijo en vez de nosotros.

Un entrenador/a tiene que confiar en los potenciales de sus jugadores. No se mete en el campo a jugar el partido; está en el banquillo, acompañando y confiando. Y ese es su lugar. Sabe que fallarás, pero te exige que practiques porque sabe que lo conseguirás.

2. Empatía. Ser capaz de sintonizar con lo que le ocurre al otro y ponerme en su lugar. Para ello tengo que saber qué es lo que siento en cada momento: no es lo mismo rabia, que enfado, que tristeza… Hay que trabajar en familia la conciencia emocional, que es la base de la empatía. Estamos muy poco acostumbrados a hablar de emociones, de cómo nos sentimos, de cómo nos ha hecho sentir este suceso u otro, y de cómo se ha podido sentir el otro con mi actuación.

3.  Optimismo. Muy relacionado con la confianza. Ocurre que algunos papá y mamás constantemente tratan de anticipar peligros, de controlar las situaciones a la que se enfrentan los hij@s, y ven problemas donde en realidad no los hay (o por lo menos no tan grandes). Tenemos que practicar en mirar con optimismo las dificultades, con confianza en que se van a resolver.

4.Auto-regulación emocional: Ser capaces de manejar nuestras angustias como padres, nuestros miedos e inseguridades. Si no lo hacemos, es algo que les vamos a transmitir de una forma u otra. Esto no quiere decir no sentir miedo o cualquier otra emoción, sino manejarlo y expresarlo adecuadamente.

Recordemos que para poder ser unos buenos entrenadores, tenemos que auto-entrenarnos también 😉