Ofrece a tus hij@s “vivencias semilla”

Hace poco realizaba una charla para la Escuela de Padres y Madres de un colegio de mi localidad. En ella trataba sobre cómo los padres somos un referente para nuestros hijos y una figura importantísima para su maduración personal. Somos el MODELO. Ellos se van a ver reflejados en nosotros.

Seguía esta charla comentando que una de las dificultades que nos encontramos como padres desde el momento en el que nace nuestro hijo, es que parece que el miedo se apodera de nosotros, ¿verdad? De repente aparecen miedos que nos desconciertan: tenemos miedo a que sufran, a que les hagan daño, a que no sean felices, miedo a que no puedan cumplir sus sueños, miedo a que se desilusionen…y así infinito. Es como un virus, el miedo es muy contagioso, y puede acabar siendo este quien eduque a nuestro hijo o hija en vez de nosotros.

Debido a estos miedos y angustias, una de las cosas que en ocasiones más nos cuesta fomentar es la autonomía en nuestros hijos. Y ocurre que los niños, desde bien pequeños, tienen la necesidad de hacer diferentes cosas por sí mismos. A todas las edades. Desde la niña de 2 años que quiere vestirse sola y perdemos la paciencia porque no llegamos al cole; hasta el niño de 6 años que quiere ayudar con la bolsa de la compra y es más grande que él; o el niño de 9 años que quiere hacer sus tortitas y ser igual de “cocinillas” que mamá y papá. Quieren sentirse capaces de hacer cosas por sí mismos.

Y es que, querer hacer, aunque sea de manera imperfecta, tiene que ver con querer ser (y quereSE). Sin autonomía no hay autoestima.

Para ver esto, os propongo un ejercicio. Os voy a pedir que penséis por un momento en una “VIVENCIA SEMILLA”. ¿Sabéis lo que es? Es un momento de tu infancia en el que te diste cuenta de que podías valerte por ti mismo/a. Es una situación en la que tuviste que enfrentar un pequeño peligro para obtener lo que necesitabas. O encontrar la solución a un asunto difícil e inesperado. Tus adultos de referencia se encontraban a cierta distancia o ni siquiera estaban en la escena, quizás estaban ocupados con sus obligaciones.

Os cuento una vivencia semilla personal. Recuerdo que, al poco de quitarme los ruedines de la bici y aun con un equilibrio precario, decidí salir a la calle de mi urbanización y montar yo sola. Era algo que no me permitían hacer sola pero, como ya había terminado los deberes y mis padres estaban cocinando, me animé a hacer. Recuerdo cómo me sorprendí al pedalear un par de veces y no caerme, y cómo chillé desde la calle a mi casa para que saliesen a verme. Me echaron la regañina pero recuerdo muy bien la cara de orgullo de mis padres y la mía.

Fijaros, ¿por qué son importantes las vivencias semilla? En primer lugar, porque este tipo de situaciones nos constituyen como personas. En segundo lugar, porque nos ayudan a desarrollar seguridad y confianza en nuestros recursos y capacidades. Y por último, porque nos proporciona una imagen positiva de nosotros mismos.

Papá, mamá: ofrécele a tu hij@ vivencias semilla. Esas situaciones seguras, en las que estéis a una cierta distancia, y pueda asumir sus propios riesgos. No le sobreprotejas. Deja que desarrolle sus propias habilidades y recursos, y crea en él/ella mism@.

¿Cómo detectar si nuestro hijo/a es víctima o agresor/a de bullying?

En la última década se ha incrementado mucho la toma de conciencia respecto al bullying o situaciones de violencia escolar. Es importante que como padres y madres conozcamos estas situaciones para prevenirlas, enseñando a nuestros hij@s estrategias de autoprotección.

Cuando un niño/a es víctima de acoso, podemos observar los siguientes comportamientos:

  • Cambios en el estado de ánimo. Está más sensible o vulnerables, lo notamos enfadado sin razón aparente, parece triste o está sufriendo sin que diga la razón.
  • Cambios de actitud o comportamiento (más introvertido, menos participativo, disminución del rendimiento académico, etc.).
  • Es reacio a ir al colegio o se niega a ir.
  • Se relaciona menos con compañer@s.
  • Vuelve del colegio con ropa rota o dice haberla perdido, no tiene el dinero que se le dio, o presentan heridas o marcas de algo golpe, o desaparecen cosas sin motivo, etc.
  • Decide cambiar de pronto el camino al colegio o nos enteramos de que no acuden sistemáticamente a primera hora o última hora.

Por otro lado, ¿cómo detectar si nuestro hijo/a es el agresor?

  • Si vemos que con frecuencia forma parte de peleas, disputas y enfrentamientos.
  • A menudo no controla sus impulsos y reacciones.
  • Se muestra más agresivo.
  • Justifica sus reacciones violentas y no valora la gravedad de sus actos.

En casa, es fundamental que fomentemos un buen clima de confianza y comunicación. En este ambiente, es mucho más fácil que nuestro hijo/a nos cuente cualquier problema que pueda tener o que nosotros mismos nos demos cuenta de si algo ocurre.

En relación con la comunicación, si nos cuenta una situación de acoso escolar, es muy importante reforzarle por haberlo hecho. No presionarle con que lo tenía que haber contado antes. Empatizar y mostrarle que entendemos que para él o ella no tiene que ser fácil hablar de esto. Por último, es importante que le mostremos nuestro apoyo e indicarle que vamos a dar todos los pasos necesarios para resolver el problema y protegerle.

Cuando ponemos una norma, ¿cómo podemos manejar las reacciones negativas de nuestros hij@s sin perder el control?

Es importante que, como padres y madres, estemos preparad@s para manejar las distintas reacciones de negación, rabia o enfado cuando establecemos normas o aplicamos consecuencias negativas ante el incumplimiento de estas.

¿Cómo manejar estas reacciones sin perder el control de la situación? ¿Qué podemos hacer para ayudarles? Aquí algunas de nuestras recomendaciones:

  1. En primer lugar, permite como padre y madre la expresión de estas emociones de ira o enfado tratando de no alterarte, de no dejarte llevar por el estado emocional de tu hij@ y poniendo límites cuando la agresividad es desproporcionada hacia nosotr@s o hacia objetos. ¿Por qué es importante permitir la expresión de la emoción? Porque es fundamental para que el o ella aprenda a regular y manejar sus emociones conforme vaya haciéndose mayor. Hay que hacerles ver que entendemos y toleramos sus sentimientos, pero que la norma es necesaria o la consecuencia ya la conocía, así que pudo evitarla. De esta forma estaremos trasmitiendo comprensión, pero a la vez firmeza.

 

  1. En segundo lugar, manejar la presión, mantenernos firmes y no ceder a los límites o las normas sin sentirnos culpables. Los niñ@s ejercen presión de muchas maneras: con sus insistencias y repeticiones, con sus muchos argumentos para convencer, con manipulaciones como que “mala mamá/papá eres”… pero debemos aprender a manejar esa presión y utilizar diferentes recursos que nos sirvan para no ceder como por ejemplo: tener claro por qué hemos establecido esa norma o límite, que como padres y madres seamos un equipo y trasmitir una postura común respecto a normas básicas (para que no nos chantajee y se aproveche de nuestras diferencias en educación), no entrar en las manipulaciones de afecto porque nos pone a su nivel y entramos en el juego, no interpretar esas reacciones negativas de enfado como un ataque personal, y mostrar autocontrol manifestando la mínima ansiedad.

 

  1. A veces no es fácil para nosotros como padres y madres mantener la calma, y aparece la ansiedad, la irritación y el enfado por su comportamiento. Estas situaciones nos ocurren a tod@s, lo importante es aprender a detectar su aparición y luego tratar de controlarla, para evitar reaccionar de forma agresiva o desproporcionada. Si queremos que nuestros hij@s nos escuchen y comprendan el mensaje, no lo vamos a favorecer si creamos un estado de ansiedad elevado. Si queremos que ell@s aprendan a manejar correctamente sus emociones, es esencian que vean en nosotr@s que tratamos de hacerlo, que tenemos autocontrol emocional.

Al fin y al cabo, el objetivo en la educación de las normas es conseguir pasar de una forma de control que es impuesta por nosotros los padres y madres, a otra en la que nuestros hij@s progresivamente, y en distintas situaciones, sean capaces de ponerse sus propios límites consiguiendo ser personas autónomas.

Deja de preocuparte, frustrarte y enfadarte y empieza a ocuparte

Deja de preocuparte, frustrarte y enfadarte y empieza a ocuparte-01Un truco que siempre funciona cuando nuestros hijos no quieren hacer lo que queremos que hagan es pensar que son los hijos de otro. De repente nos volvemos más prácticos y asépticos y dejamos de dejarnos arrastrar por la amígdala. Si la amígdala es esa parte del cerebro donde residen muchas de nuestras emociones. A veces nos “secuestra” y no nos deja ocuparnos de las cosas porque está demasiado preocupada y enmarañada con emociones.

Que no hay manera de que nuestro hijo haga los deberes, o que siempre se olvida las cosas, o que cuando le llamamos no viene… la amígdala nos secuestra y nos ponemos furiosos, pegamos tres gritos, dejamos de hablarles, nos pasamos horas explicándoles las grandes razones por las que tienen que cambiar y nada sirve.

Empecemos a “pensar que ayudamos al hijo del vecino”. Controlemos nuestras emociones ya que deberemos tenerlas en cuenta: las nuestras y las de ellos y ellas y busquemos soluciones.

  1. Hablemos con nuestros hijos no solo de razones, sino de cómo se sienten (los psicólogos con nuestro “cómo te sientes”).
  2. Ocupémonos de asegurarnos las consecuencias apropiadas. Quitar algo que les gusta cuando no realizan lo que deben hacer es siempre mejor. No es necesario dar muchas explicaciones, ni entrar en debates interminables.
  3. Pensemos si existen maneras de prevenir y conseguir que la conducta mejore buscando alternativas creativas.
  4. Y nunca nos olvidemos de que existan actividades donde todo marche bien y podamos decirle a nuestros hijos lo bien que lo hacen y lo mucho que les queremos.

Cómo podemos ayudar a los adolescentes en su desarrollo

Cómo podemos ayudar a los adolescentes en su desarrollo-01

Normalmente asociamos adolescencia a crisis, a etapa difícil, a rebeldía y origen de muchos problemas familiares. A pesar de que efectivamente los conflictos puedan aparecer, también es un periodo maravilloso de cambios y grandes posibilidades para el desarrollo.

¿Qué podemos hacer para ayudarles en su desarrollo?

  1. Convivir con un adolescentes supone en muchas ocasiones adaptarse a alguien que manifiesta continuos cambios emocionales. Son como una “montaña rusa”, dirían algunos padres y madres. Les ayudamos más cuando no nos dejamos llevar o arrastrar por esas emociones y somos capaces de entender cómo se sienten, se lo transmitimos, y les damos seguridad para que traten de canalizar esas emociones por otras que no les desborden y sean más manejables.

 

  1. Es importante favorecer que construyan su propia identidad, animándoles a que se conozcan y se valoren de forma positiva. Por ejemplo: que vayan eligiendo su propio estilo de ropa, que elijan las actividades extraescolares que más les gustan, etc. Es decir, que cada vez tengan más voz y voto.

 

  1. También es esencial fomentar su autonomía y sentido de la responsabilidad. Por ejemplo: que cada vez vayan haciendo más cosas sol@s, que sea responsable de determinadas tareas en casa y de su habitación, o que realice su propio horario y lugar de estudio.

 

  1. Los adolescentes tienen la necesidad de relacionarse con sus iguales y sus amig@s tienen mucha importancia en esta etapa. Debido a esto, a veces se produce un distanciamiento de la familia y se tiende a compartir menos tiempo con ellos. Aunque esto sea así, la familia sigue siendo muy importante en esta etapa (a pesar de que aparentemente a veces no lo parezca tanto), por lo que es bueno manifestar a nuestro hij@ que sea lo que sea lo que le preocupa, cuando él o ella quiera, nos lo puede contar.

 

  1. Manifestar que se les quiere, se les acepta y se les valora por lo que son. Por ejemplo: si nos cuenta un problema, no machacarle y juzgarle si ha respondido de forma inadecuada, sino escucharle y encontrar una posible solución. También plantear y cuestionar alternativas.

 

Por último, recordar que todo lo que se experimenta en la adolescencia no va a ser permanente. Es importante que como padres y madres nos centremos en lo que va pasando sin hacer anticipaciones negativas de futuro. De esta forma, podremos ayudar mejor a nuestros hij@s en su desarrollo durante esta etapa de la vida.

María José Ortega

Una de las cosas más importantes que los padres y madres pueden enseñar a sus hijos para desenvolverse en la vida.

Una de las cosas más importantes

Hay muchas cosas que los padres y madres pueden enseñar a sus hij@s y que pueden servirles para desenvolverse en la vida. Una de las más importantes está la de aprender a relacionarse con los demás, empezando por las relaciones familiares. El niñ@ que es hábil y maneja con soltura estas habilidades sociales, tiene más puertas abiertas y recibe satisfacciones de los demás. Al ser seres sociales, todos necesitamos desde pequeños desarrollar estas capacidades puesto que estamos en contacto directo con multitud de personas y esto nos va a permitir contactar con la gente, que se nos acepte como miembros de un grupo, hacernos querer y lograr el aprecio de las personas.

Desde pequeñ@s, es importante que no pasen demasiado tiempo sol@s en la cuna o en el parque sin que se les preste suficiente atención. Por ello, resulta esencial hablar con ell@s, sonreírles, mirarles a los ojos, jugar con ell@s, tocarles y contarles cuentos o historias.

Que los padres y madres tengan amigos y se relacionen con otras personas es muy importante también. Si no los tienen y se mantienen aislados, será lo que los hij@s vean y aprendan. El no compartir experiencias con los otr@s (es decir, el aislamiento social) puede producir niñ@s inhibidos, bloqueados o con temor a relacionarse y a integrarse, que perjudicará su vida social y laboral más adelante.

También es esencial que el niñ@ lleve a amig@s a cada para compartir sus juegos y sus juguetes. De esta forma aprende a estar con los otros y no frente a la tv o los videojuegos solo. A su vez le ayudará poder ir a casa de sus amiguit@s y acostumbrarse a otros lugares con normas y personas diferentes. En estos intercambios, tenemos que fomentar en nuestros hij@s el compartir y tratar de no ser egoístas; pero todo con un límite, no que sean tan generosos que entreguen tan incondicionalmente todo que no vean el peligro de decepcionarse si los demás no hacen lo mismo o de ser manipulados. Estas separaciones con los padres/madres, que cada vez se espaciarán más conforme cumpla más años (Ej.: en campamentos), le ayudarán a desarrollar su autonomía.

Por último, si nuestro hij@ es tímido, podemos ayudarle y ponerle en situaciones en las que estén con otras personas y se vean en situaciones de hablar, sin forzarles pero animándoles a ello. Esto es esencial para poder perder el miedo y a entender que no pasa nada si “meten la pata”, ell@s son como los demás y pueden aprender.

María José Ortega

A mi hijo/a le cuesta separarse de mí

A mi hijo:a le cuesta separarse de míA nuestros/as hijos/as, sobre todo en sus primeros años, les cuesta separarse de nosotros. Quedarse en la guardería, quedarse solos con los abuelos o algún cuidador/a, muchas veces se convierte en un drama y en una escena de gritos, llantos y pataletas.

Para hacer frente a esta situación, en primer lugar debemos preguntarnos cómo nos afecta  a nosotros como padres y madres la separación. ¿Te sientes culpable cuando le dejas en la guardería? ¿Sientes tristeza o miedo a que le ocurra algo en tu ausencia? Es importante que analicemos la forma en la que le planteamos al niño/a la separación y nos posicionamos nosotros ante ella, porque va a influir en cómo lo viva nuestro hijo/a (con más o menos angustia). Si el niño o niña percibe en su familia ansiedad, tristeza o preocupación, anticipa que lo puede pasar mal. En cambio, si nos despedimos con una actitud tranquila y con confianza, el mensaje que le estamos enviando es que estará bien, que puede divertirse y que está protegido.

Aun así, es normal que el niño/a se sienta mal y llore, porque necesita tiempo para elaborar ese nuevo cambio y ese “duelo” por estar solo y no poder compartir todo el tiempo con papá y mamá.

Con respecto a la guardería, para ayudar a afrontar los primeros días, os damos estos consejos:

  • Hazle disfrutar con los preparativos (comprar la mochila, las pinturas, el “babi”, etc.).
  • Acompáñale algunos días antes a conocer el centro y a la persona que será su referente (la “seño”). Esto es muy positivo porque así se familiariza con el centro.
  • Al menos una semana antes, comienza con los nuevos horarios para que se acostumbre (ir temprano a la cama, madrugar un poquito más, etc.).
  • Para el primer día, tratar de descansar bien el día anterior, desayunar con tranquilidad y evitar las prisas y nervios.

En líneas generales, hay que entender que evolutivamente es normal que nuestro/a hijo/a lleve mal la separación pero, que si les damos una imagen positiva del lugar en el que se van a quedar, y nos sienten tranquilos y confiados, al cabo del tiempo ese malestar se pasará.

María José Ortega

 

 

Qué modelo de autoridad seguimos

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Como padres y madres, muchas veces nos quejamos de que nuestros hij@s nos desobedecen y constantemente cuestionan nuestra autoridad. Debido a esto, podemos acabar sintiéndonos impotentes o desbordados, dando lugar a situaciones de convivencia tensas en la familia. ¿Estamos utilizando un estilo de educación que favorece la interiorización de las normas?

Podemos encontrar distintos estilos de ejercer la autoridad en función de cómo se compaginen las exigencias y el control, así como la comunicación y la manifestación de cariño a los hij@s:

  1. Modelo autoritario: caracterizado por un alto nivel de control y exigencia y una baja manifestación de cariño y comunicación.

Otras características de este estilo de educación son: las normas se imponen sin explicarlas; los castigos son severos por transgredir las normas pero hay muy pocos elogios cuando se cumplen; las normas se establecen sin tener en cuenta las necesidades de todos los miembros de la familia; y, por último, la estrategia que se utiliza para facilitar el cumplimiento de las normas es el sometimiento por la fuerza. Las consecuencias de un modelo autoritario son baja autoestima y conductas desafiantes sobre todo en los adolescentes.

 

  1. Modelo permisivo: el cual se caracteriza por un bajo nivel de control y exigencia y un alto grado de comunicación y manifestación de cariño.

Otras características de este estilo de educación son: las normas son pocas y no siempre se cumplen; hay poco control sobre la conducta de los hij@s y a menudo se cede a sus exigencias; y, por último, son los propios hij@s los que deciden lo que hacen o no hacen.

La relación que se establece entre padres y madres y sus hij@s desde este modelo es conflictiva, porque a menudo les chantajean y les tiranizan. Este estilo de educación tiene consecuencias negativas para el desarrollo de l@s niñ@s porque dificulta la adquisición de la autonomía e independencia.

 

  1. Modelo democrático: se caracteriza por un adecuado nivel de control y exigencia y un alto grado de comunicación y manifestación de cariño.

Otras características de este estilo de educación son: las normas se basan en razones objetivas que pueden ser explicadas; los límites son claros y las normas firmes pero flexibles, pudiéndose cambiar si hay buenas razones; las normas se adaptan a las edades y necesidades de todos los miembros de la familia; l@s hij@s participan en la medida de sus posibilidades en la elaboración de las normas, aunque los progenitores son quienes toman la decisión final; se utiliza el refuerzo positivo, el diálogo y la negociación; una vez establecidas las normas se exige su cumplimiento; y, por último, se favorece la autonomía y la independencia de l@s hij@s.

Al contrario que en los modelos anteriores, el estilo democrático favorece la interiorización de las normas. La internalización de normas y valores morales consiste en un proceso mediante el cual las acciones reguladas inicialmente desde el exterior (los padres son los que le dicen a un niño lo que está bien o lo que está mal), van progresivamente incorporándose a la persona a medida que van asumiendo los valores familiares y autorregulando sus acciones.

 

En la práctica, estos estilos educativos no suelen aparecer de manera pura, sino con matices. Sabemos que no es fácil controlarnos en todo momento, lo importante es darnos cuenta de qué estilo de educación predomina en nosotr@s, y, en caso de reaccionar de una forma que más tarde sentimos como injusta o desproporcionada, reconocer nuestra equivocación en el trato aunque nos mantengamos firmes en la norma. Cuando el clima predominante es de comprensión, cariño y de exigencias adecuadas a la edad y capacidad de nuestr@ hij@, se favorecerá que este crezca seguro y feliz.

María José Ortega

¿Por qué mi hijo/a no obedece las normas?

Por qué mi hijo:a no obedece las normas

Las normas son directrices que nos indican qué, cómo y cuándo realizar una acción o tarea. Son sumamente importantes porque si proporcionamos a nuestros hijos, desde que nacen, un entorno estructurado y coherente, vamos a favorecer su seguridad.

Lo primero que tenemos que tener presente es que no todos los niños ni adolescentes aprenden al mismo ritmo, a unos les cuesta más y a otros menos, y a no ser que se detecten dificultades especiales, este aspecto es normal.

Aun así, muchas veces observamos en consulta que los padres y madres se quejan de que sus hijos no les obedecen y se saltan los límites una y otra vez. Por ello, ¿cómo podemos favorecer que nuestros hijos cumplan las normas que les ponemos? Es importante atender a estos aspectos:

  • Las normas tienen que estar adaptadas a su desarrollo: los límites se tienden a interiorizar mejor cuando están adaptadas a las capacidades y necesidades de nuestros hijos. Cada hijo es diferente y no tiene por qué seguir las mismas pautas de comportamiento o el mismo ritmo de desarrollo que hermanos, primos, amigos o compañeros de clase. Cuando son pequeños, los padres debemos ser más directivos y reforzarles cada pequeño logro que consiguen. Conforme crecen e interiorizan los hábitos, nos tenemos que mostrar menos directivos y flexibles.

 

  • Tienen que ser concretas: diciéndoles qué hacer, cómo y cuándo. Además, si señalamos en su comportamiento lo que nos parece que ha hecho bien y lo que no, facilitamos que cambie algunas cosas y mantenga otras. Pero si generalizamos y le etiquetamos de forma negativa, debilitamos su autoestima y será más difícil que cambie su conducta.

 

  • Es mejor cuando están formuladas en positivo: si nuestros mensajes son siempre “no hagas esto”, “no digas lo otro”, etc., no les damos otras opciones ni les enseñamos cuál es la alternativa adecuada, e incluso podemos avivar el deseo de hacer o decir aquello que le prohibimos. En lugar de decir “no toques eso”, cambiar por “mejor juega con esto otro”; “no muerdas el bolígrafo” por “el bolígrafo es para escribir, no para morder; o “no grites” por “habla más bajito”.

 

  • Tienen que ser claras: si son importantes, tenemos que transmitirlas en un momento de calma y en una situación en la que nos puedan escuchar y atender. A veces ocurre que repetimos una y otra vez las mismas normas, nos contestan que sí nos han escuchado, pero luego no las cumplen. En estos casos, la repetición es importante pero tiene un efecto de saturación en el niño que le lleva a contestar mecánicamente sin prestar atención. Tenemos que asegurarnos que nos está atendiendo y que ha comprendido lo que le queremos decir.

 

  • Mejor si son razonadas: las normas y los límites se pueden argumentar ya que tienen una finalidad (seguridad, mejorar la convivencia, etc.). Pero una vez establecidas, razonadas y acordadas, no tenemos que discutir una y otra vez ni utilizar el “porque sí” o “porque lo digo yo”. Para zanjar la cuestión y marcar límites, podemos hacer hincapié en que como padres encargados de su educación vamos a hacer lo que mejor nos parece para su desarrollo.

 

  • Tienen que ser coherentes: si lo que hacemos concuerda con lo que decimos a nuestros hijos, les es más fácil aprender. Por ejemplo, es poco eficaz enseñarles a no pegar y respetar a los demás si cuando no lo hacen, somos nosotros los que le pegamos.

 

  • Deben ser consistentes: cuando las normas son siempre las mismas facilitamos su interiorización. Esto es especialmente relevante durante los primeros años de vida, ya que según crecen tendremos que ir flexibilizando.

En resumen, si conseguimos marcar unas normas adaptadas a sus capacidades y necesidades, que entienden porque son claras y concretas e intentamos ser coherentes, consistentes y firmes en las reglas realmente fundamentales, tenemos muchísimo ganado.

María José Ortega

Qué hacer para prevenir las conductas de riesgo en los adolescentes

MJ-01Qué hacer para prevenir las conductas de riesgo en los adolescentes

Sabemos que los adolescentes quieren probar constantemente cosas nuevas. Ya sea por curiosidad, para sentirse bien, para pertenecer a un grupo o sentirse aceptados, la exploración es una característica de esta etapa de la vida. Pero a veces para los padres es difícil determinar cuándo el adolescente va a experimentar y parar ahí, o por el contrario cuándo puede desarrollar problemas serios.

Nuestros hijos se van a ir encontrado cada vez más, en situaciones en las que van a tener que tomar decisiones por ellos mismos: cuando les ofrezcan drogas, en situaciones de violencia entre iguales, situaciones relacionadas con la sexualidad, etc. Por ello, es necesario enseñar a los adolescentes diferentes habilidades y estrategias de autoprotección, con el fin de evitar encontrarse en situaciones en las que no quieran estar o saber decir “no” a tiempo.

Por lo tanto, ¿qué podemos hacer como padres para prevenir las conductas de riesgo?

  • Estar atentos a los comportamientos de nuestros hijos, teniendo cuidado de no caer en la sobreprotección. Por sobreprotección entendemos el exceso de cuidado que dificulta el crecimiento y desarrollo del joven.

 

  • Promover el diálogo sobre situaciones de riesgo, aprovechando noticias en la televisión u otros medios de comunicación. Conversar acerca de qué harían, qué opinan, cómo creen que reaccionarían, etc.

 

  • Fomentar el respeto, la tolerancia y la cooperación.

 

  • Estimular la convivencia, buscando y mostrando interés por aquello que le gusta al adolescente.

 

  • Ofrecer alternativas de ocio sanas y fomentar desde pequeños aquellas que son positivas, como el deporte.

Siempre debemos tener presente que muchas de las situaciones y conductas que se van a encontrar son normales evolutivamente hablando. Si notamos cualquier anomalía prolongada en el tiempo, mejor consultar con un profesional para evaluar la situación.

María José Ortega