Implica a tu hij@ en la disciplina

Implica a tu hij@ en la disciplina

Cuando el niño/a ha hecho algo mal y tenemos que imponer disciplina, tradicionalmente los padres hablamos (o más bien, sermoneamos) y los niños escuchan (o más bien, no hacen ni caso). Esta es una comunicación unidireccional, de padre a hijo, de abajo a arriba. Sin embargo, cada vez sabemos más que la disciplina es mucho más eficaz y respetuosa cuando se inicia un diálogo bidireccional. Es decir, un dialogo reciproco y colaborativo con nuestro hijo/a, en vez de soltar nuestro monólogo. Esto no significa perder nuestro papel de autoridad. Significa implicar al niño en el proceso de disciplina, pues tiene multitud de beneficios: aceptan más lo que se les propone, se sienten más respetados, y, por lo tanto, son más proclives a cooperar y a encontrar soluciones al problema.

¿Cómo implicar a nuestro hijo? Una vez conectemos con él y esté receptivo, podemos iniciar un diálogo que conduzca primero a la percepción (“Como sé que conoces la regla, me pregunto qué te ha empujado a hacer esto”) y luego a la empatía y la reparación de lo sucedido (“¿Cómo crees que se lo ha tomado tu hermano y cómo puedes arreglar las cosas?”).

Cuando involucramos a nuestro hijo/a en la disciplina, estamos dándole la oportunidad de reflexionar sobre sus propias acciones y las consecuencias que se hayan derivado de las mismas en un nivel mucho más profundo que en la comunicación unidireccional.

Vamos a ver con un ejemplo común (niño/a que pasa mucho tiempo jugando a videojuegos) los distintos tipos de comunicación que hemos señalado:

  1. Comunicación tradicional unidireccional. Le diríamos algo así al niño/a: “¡Estás todo el rato con la maquinita! A partir de ahora, solo podrás jugar 15 minutos al día. ¡Ni uno más porque luego terminamos discutiendo y no obedeces! Además, es por tu bien, porque…”
  2. Comunicación bidireccional: “Últimamente pasas mucho tiempo con la pantalla y eso no conviene porque hace que dejes los deberes para luego. Además, me gustaría que hicieras también otras actividades. Así que tenemos que idear un plan con respecto al uso de la play. ¿Alguna idea?¿Cómo sería hacer un buen uso del aparato?”.

Siguiendo con este ejemplo, cuando comentes la posibilidad de reducir el tiempo de videojuegos, lo más probable es que experimentes resistencia por parte de tus hijos. Puedes recordarles que la decisión final la tomarás tu pero que estás solicitando su intervención y les estás preguntando porque les respetas, quieres tener en cuenta sus sentimientos y consideras que ellos te pueden ayudar a resolver el problema con eficacia. A lo niños suelen ocurrírseles la misma solución que en cualquier caso habríamos impuesto nosotros. En muchas ocasiones saben lo que tienen que hacer. Pero con esta forma de comunicación e implicación en la disciplina, están ejercitando su cerebro superior y han percibido respeto en todo momento.

María José Ortega

Ayuda a tu hijo/a a calmarse con el “tiempo fuera positivo”

Ayuda a tu hijo/a a calmarse con el “tiempo fuera positivo”

Cuando los niños/as se portan mal, la mayoría de las familias recurrimos al castigo, al “vete a tu cuarto y no salgas hasta la cena” o al “rincón de pensar, para que reflexiones sobre lo que has hecho”, entre otros. Este enfoque tiene como finalidad hacer pagar al niño por su error, y se enfoca en el pasado. Cada vez los castigos nos dan menos resultados, porque genera en nuestro hijo sentimientos de venganza y no es efectivo para ayudar a los niños a mejorar en el futuro. Además, ¿podemos los padres y madres controlar lo que piensa nuestro hijo cuando les mandamos a reflexionar sobre lo que ha hecho? No, ¿verdad? Lo más probable que piensen es en lo que me han hecho mis padres que me han mandado a este sitio, o lo injustos que han sido. Lo más triste es cuando los niños piensan que son una “mala persona” o “no son lo suficientemente buenos”.

Cada vez tenemos más datos de que enfocarnos en SOLUCIONES (no en quejas y en hacer “pagar por el error/comportamiento”) y en ver los problemas como oportunidades para APRENDER, es la clave para mejorar las relaciones familiares y el mejor entrenamiento para la vida que podemos dar a nuestros retoños.

Una valiosa habilidad en el arte de enfocarnos en soluciones en lugar de quejas y castigos, es enseñar el valor de los periodos de enfriamiento. Es importante comprender y enseñar a los niños que, en la mayoría de los casos, es necesario un periodo de enfriamiento antes de intentar encontrar una solución a lo que ha ocurrido. Parar, tranquilizarnos, pensar, y actuar. Cuando estamos enfadados o airados por la enésima trastada que ha hecho el niño, estamos secuestrados emocionalmente por nuestra amígdala, y el “cerebro pensante” o neocórtex, no está tomando el control. Son las emociones las que nos controlan. En estos momentos, es muy útil esperar hasta que nos hayamos calmado y podamos recuperar nuestro cerebro pensante o racional. Aquí es donde entra el “tiempo fuera positivo”.

El “tiempo fuera positivo” es muy diferente al castigo tradicional porque está diseñado para ayudar a los niños a sentirse mejor (de tal manera que puedan acceder a su cerebro racional), no para hacerles sentir peor (un estímulo poco eficaz para el cambio), o para hacerlos pagar por lo que han hecho. Además, ya sabemos que no es efectivo enfocarnos en soluciones hasta que todos nos hayamos tranquilizado lo suficiente como para acceder a nuestro cerebro pensante.

El “tiempo fuera positivo” consiste en crear un espacio en casa que nos permita tranquilizarnos y recuperar el control. Este espacio debe ser creado conjuntamente con los niños y darle un nombre (ejemplo: “Hawái” o “lugar feliz”). Este espacio debe ser dotado de herramientas que ayuden al niño a tranquilizarse, como puede ser: slime, rotuladores, libros, mandalas, legos, puzles, plastilina, música, etc. Ellos deben elegir qué les podría ayudar. El niño no debe percibir este lugar como un castigo o un sufrimiento, sino como un lugar que me sirva como herramienta para seguir desarrollando mi capacidad de recuperar el control.

Algunas familiares me preguntan si esto no sería reforzar el mal comportamiento, si no es dejar que el niño se salga con la suya, o si es permisividad. Estas preguntan vienen porque nos han criado en la idea de que los niños serán mejores si son castigados (si se sienten mal por lo que han hecho), y no hemos comprendido que los niños son mejores cuando se sienten mejor. Es importante conocer que los métodos positivos son más eficaces a largo plazo que los métodos únicamente punitivos, porque comprenden el comportamiento humano.

Cuando nuestro hijo tenga una pataleta o, por ejemplo, quiera algo que no le podemos dar y nos monta el “numerito”, podemos preguntarle: “¿te ayudaría ir a nuestro “Hawái”? Si no estás tranquilo, no puedo escucharte”. Y le acompañamos hasta el lugar. En muchas ocasiones, el simple hecho de sentirse mejor es suficiente para redirigir al niño hacia una conducta más aceptable. Luego, podremos centrarnos en crear una solución del problema padres e hijos juntos proponiendo ideas. Cuando se da la oportunidad, a menudo los niños son mejores resolviendo problemas y dando ideas que los propios adultos. Si les damos el espacio, muchos nos sorprenden con sus ideas y propuestas, además de involucrarles y comprometerles en la solución, pues ellos se sienten parte de la familia y la resolución del conflicto o situación.

Ofrece a tus hij@s “vivencias semilla”

Hace poco realizaba una charla para la Escuela de Padres y Madres de un colegio de mi localidad. En ella trataba sobre cómo los padres somos un referente para nuestros hijos y una figura importantísima para su maduración personal. Somos el MODELO. Ellos se van a ver reflejados en nosotros.

Seguía esta charla comentando que una de las dificultades que nos encontramos como padres desde el momento en el que nace nuestro hijo, es que parece que el miedo se apodera de nosotros, ¿verdad? De repente aparecen miedos que nos desconciertan: tenemos miedo a que sufran, a que les hagan daño, a que no sean felices, miedo a que no puedan cumplir sus sueños, miedo a que se desilusionen…y así infinito. Es como un virus, el miedo es muy contagioso, y puede acabar siendo este quien eduque a nuestro hijo o hija en vez de nosotros.

Debido a estos miedos y angustias, una de las cosas que en ocasiones más nos cuesta fomentar es la autonomía en nuestros hijos. Y ocurre que los niños, desde bien pequeños, tienen la necesidad de hacer diferentes cosas por sí mismos. A todas las edades. Desde la niña de 2 años que quiere vestirse sola y perdemos la paciencia porque no llegamos al cole; hasta el niño de 6 años que quiere ayudar con la bolsa de la compra y es más grande que él; o el niño de 9 años que quiere hacer sus tortitas y ser igual de “cocinillas” que mamá y papá. Quieren sentirse capaces de hacer cosas por sí mismos.

Y es que, querer hacer, aunque sea de manera imperfecta, tiene que ver con querer ser (y quereSE). Sin autonomía no hay autoestima.

Para ver esto, os propongo un ejercicio. Os voy a pedir que penséis por un momento en una “VIVENCIA SEMILLA”. ¿Sabéis lo que es? Es un momento de tu infancia en el que te diste cuenta de que podías valerte por ti mismo/a. Es una situación en la que tuviste que enfrentar un pequeño peligro para obtener lo que necesitabas. O encontrar la solución a un asunto difícil e inesperado. Tus adultos de referencia se encontraban a cierta distancia o ni siquiera estaban en la escena, quizás estaban ocupados con sus obligaciones.

Os cuento una vivencia semilla personal. Recuerdo que, al poco de quitarme los ruedines de la bici y aun con un equilibrio precario, decidí salir a la calle de mi urbanización y montar yo sola. Era algo que no me permitían hacer sola pero, como ya había terminado los deberes y mis padres estaban cocinando, me animé a hacer. Recuerdo cómo me sorprendí al pedalear un par de veces y no caerme, y cómo chillé desde la calle a mi casa para que saliesen a verme. Me echaron la regañina pero recuerdo muy bien la cara de orgullo de mis padres y la mía.

Fijaros, ¿por qué son importantes las vivencias semilla? En primer lugar, porque este tipo de situaciones nos constituyen como personas. En segundo lugar, porque nos ayudan a desarrollar seguridad y confianza en nuestros recursos y capacidades. Y por último, porque nos proporciona una imagen positiva de nosotros mismos.

Papá, mamá: ofrécele a tu hij@ vivencias semilla. Esas situaciones seguras, en las que estéis a una cierta distancia, y pueda asumir sus propios riesgos. No le sobreprotejas. Deja que desarrolle sus propias habilidades y recursos, y crea en él/ella mism@.

¿Cómo detectar si nuestro hijo/a es víctima o agresor/a de bullying?

En la última década se ha incrementado mucho la toma de conciencia respecto al bullying o situaciones de violencia escolar. Es importante que como padres y madres conozcamos estas situaciones para prevenirlas, enseñando a nuestros hij@s estrategias de autoprotección.

Cuando un niño/a es víctima de acoso, podemos observar los siguientes comportamientos:

  • Cambios en el estado de ánimo. Está más sensible o vulnerables, lo notamos enfadado sin razón aparente, parece triste o está sufriendo sin que diga la razón.
  • Cambios de actitud o comportamiento (más introvertido, menos participativo, disminución del rendimiento académico, etc.).
  • Es reacio a ir al colegio o se niega a ir.
  • Se relaciona menos con compañer@s.
  • Vuelve del colegio con ropa rota o dice haberla perdido, no tiene el dinero que se le dio, o presentan heridas o marcas de algo golpe, o desaparecen cosas sin motivo, etc.
  • Decide cambiar de pronto el camino al colegio o nos enteramos de que no acuden sistemáticamente a primera hora o última hora.

Por otro lado, ¿cómo detectar si nuestro hijo/a es el agresor?

  • Si vemos que con frecuencia forma parte de peleas, disputas y enfrentamientos.
  • A menudo no controla sus impulsos y reacciones.
  • Se muestra más agresivo.
  • Justifica sus reacciones violentas y no valora la gravedad de sus actos.

En casa, es fundamental que fomentemos un buen clima de confianza y comunicación. En este ambiente, es mucho más fácil que nuestro hijo/a nos cuente cualquier problema que pueda tener o que nosotros mismos nos demos cuenta de si algo ocurre.

En relación con la comunicación, si nos cuenta una situación de acoso escolar, es muy importante reforzarle por haberlo hecho. No presionarle con que lo tenía que haber contado antes. Empatizar y mostrarle que entendemos que para él o ella no tiene que ser fácil hablar de esto. Por último, es importante que le mostremos nuestro apoyo e indicarle que vamos a dar todos los pasos necesarios para resolver el problema y protegerle.