Trucos para que nuestro hijo/a nos escuche.

¿Qué hacer para que nuestros hij@s nos escuchen? Esta es una pregunta que nos hacemos muchos padres y madres. Si no hay entendimiento, de nada servirán nuestras palabras, ni las amenazas, ni los castigos. Aquí algunos trucos para mejorar la comunicación:

  1. Conectar emocionalmente con nuestro hijo/a. Captamos la atención del niño y estos se inclinan a hacer lo que los adultos proponen cuando se sienten conectados emocionalmente con nosotros. Esto quiere decir que, si nuestro hijo se siente tomado en cuenta, sabe lo que se espera de él y habrá más probabilidad de que se esfuerce por cooperar.
  2. Ser lo más claros y directos posibles cuando contestamos a sus preguntas o requerimos su atención. Los grandes discursos o los monólogos no sirven.
  3. Escoger el momento adecuado. Cuando nos hacen preguntas, quiere decir que están dispuestos a escuchar y quieren nuestra opinión. Procurar elegir el momento adecuado cuando hay que tratar temas delicados.
  4. Permitirles que expresen su desacuerdo. Algunos padres y madres piensan que, si permiten a sus hijos que manifiesten su desacuerdo, pueden perder el respeto de estos. Lo cierto es que normalmente los niñ@s tienen más respeto hacia los progenitores cuando sienten que son libres para expresar libremente su opinión sobre las cosas y se les escucha.
  5. Dejar que expresen sus sentimientos. Sean cuales sean, tanto “buenos” como “malos”. Decir a nuestros hijos/as que deberían sentirse de otra manera, no es un buen estímulo para que nos escuchen.
  6. Dar ejemplo. Escucharlos siempre que lo necesiten. Dejarles claro que siempre estamos dispuestos a escucharles; esto propiciará que acudan a nosotros ante dificultades.

3 ideas clave para un buen desarrollo psicológico de tu hijo/a

3 ideas clave para un buen desarrollo psicológico de tu hijo/a

Nuestros hij@s no sólo crecen en estatura, también interiormente, a nivel cognitivo y emocional. Es importante que, como padres y madres, fomentemos un crecimiento psicológico saludable mediante nuestros estilos educativos, nuestra forma de establecer los límites y dar afecto. Al final, lo que queremos es que desarrollen destrezas y la capacidad para manejar situaciones exigentes, frustraciones y tormentas emocionales que pueden hacerles perder el control. Pero necesitan nuestra ayuda para lograrlo.

Aquí tres ideas clave de cómo podemos ayudarles como educadores basado en los conceptos de disciplina positiva de D. Siegel y T. Payne:

  1. Repensar nuestra forma de establecer disciplina. Normalmente cuando nos ponemos furiosos con el niño/a, solo reaccionamos. Unas veces nuestro instinto es bueno; otras acabamos siendo tan inmaduros como él/ella. Si nuestros hij@ actuara como nosotros… ¡lo mandaríamos a su cuarto!, ¿verdad? Antes de responder ante un mal comportamiento, piensa en estas tres preguntas: ¿Por qué mi hijo ha actuado así? ¿Qué lección quiere enseñar en este momento? ¿Cuál es el mejor modo de enseñar esa lección? Al formularnos estas tres preguntas, cuando los niñ@s hagan algo inadecuado, podremos abandonar más fácilmente el “piloto automático” (el grito, la amenaza, el castigo, el “a tu cuarto” …) y tendremos más posibilidades de reaccionar de una manera más efectiva.

 

  1. “Di no a la conducta… pero sí al niño/a”. ¿Qué significa esto? La relación con nuestro hijo/a ha de ser clave en todo lo que hagamos. Cuando ponemos limites a sus comportamientos, tenemos que conectar con ellos desde el punto de vista emocional. Cuando se comportan mal, es cuando más suelen necesitar la conexión con nosotros. Conexión significa que independientemente de si nos gusta su forma de comportarse o no, le hablamos con afecto, le escuchamos y le transmitimos apoyo. Esto no equivale a permisividad. Es una forma de establecer limites claros y firmes acompañada de conexión y empatía. Prestar atención a las emociones del niño/a, suele traducirse en más calma y cooperación.

 

  1. No utilices el castigo físico. La frustración nos lleva a veces a utilizar el azote como estrategia disciplinaria. Gracias a numerosas investigaciones, sabemos que no es algo efectivo. De hecho, desde un punto de vista neurológico surge un problema muy importante. El cerebro interpreta el dolor como amenaza. Cuando uno de los progenitores causa dolor físico a su hij@, este se enfrenta a una paradoja irresoluble, a una situación muy confusa. Una parte empuja al niñ@ a intentar escapar del padre/madre que le está haciendo daño, mientras que otra parte lo empuja hacia esa figura de apego en busca de seguridad (ya que todos nacemos con el instinto de acudir a nuestros cuidadores cuando somos heridos). Cuando el padre/madre es el origen del dolor o del miedo, puede que el cerebro acabe funcionando de firma desorganizada, pues de crea una paradoja sin resolución. Además, ¿queremos enseñarles que la manera de resolver conflictos es causando dolor físico, en especial a alguien desvalido que no es capaz de defenderse?

 

Si os ha resultado interesante, os invito a leer más en “El cerebro afirmativo del niño: Ayuda a tu hijo a ser más resiliente, autónomo y creativo” de D. Siegel y T. Payne.

María José Ortega

Ayuda a tu hijo/a a calmarse con el “tiempo fuera positivo”

Ayuda a tu hijo/a a calmarse con el “tiempo fuera positivo”

Cuando los niños/as se portan mal, la mayoría de las familias recurrimos al castigo, al “vete a tu cuarto y no salgas hasta la cena” o al “rincón de pensar, para que reflexiones sobre lo que has hecho”, entre otros. Este enfoque tiene como finalidad hacer pagar al niño por su error, y se enfoca en el pasado. Cada vez los castigos nos dan menos resultados, porque genera en nuestro hijo sentimientos de venganza y no es efectivo para ayudar a los niños a mejorar en el futuro. Además, ¿podemos los padres y madres controlar lo que piensa nuestro hijo cuando les mandamos a reflexionar sobre lo que ha hecho? No, ¿verdad? Lo más probable que piensen es en lo que me han hecho mis padres que me han mandado a este sitio, o lo injustos que han sido. Lo más triste es cuando los niños piensan que son una “mala persona” o “no son lo suficientemente buenos”.

Cada vez tenemos más datos de que enfocarnos en SOLUCIONES (no en quejas y en hacer “pagar por el error/comportamiento”) y en ver los problemas como oportunidades para APRENDER, es la clave para mejorar las relaciones familiares y el mejor entrenamiento para la vida que podemos dar a nuestros retoños.

Una valiosa habilidad en el arte de enfocarnos en soluciones en lugar de quejas y castigos, es enseñar el valor de los periodos de enfriamiento. Es importante comprender y enseñar a los niños que, en la mayoría de los casos, es necesario un periodo de enfriamiento antes de intentar encontrar una solución a lo que ha ocurrido. Parar, tranquilizarnos, pensar, y actuar. Cuando estamos enfadados o airados por la enésima trastada que ha hecho el niño, estamos secuestrados emocionalmente por nuestra amígdala, y el “cerebro pensante” o neocórtex, no está tomando el control. Son las emociones las que nos controlan. En estos momentos, es muy útil esperar hasta que nos hayamos calmado y podamos recuperar nuestro cerebro pensante o racional. Aquí es donde entra el “tiempo fuera positivo”.

El “tiempo fuera positivo” es muy diferente al castigo tradicional porque está diseñado para ayudar a los niños a sentirse mejor (de tal manera que puedan acceder a su cerebro racional), no para hacerles sentir peor (un estímulo poco eficaz para el cambio), o para hacerlos pagar por lo que han hecho. Además, ya sabemos que no es efectivo enfocarnos en soluciones hasta que todos nos hayamos tranquilizado lo suficiente como para acceder a nuestro cerebro pensante.

El “tiempo fuera positivo” consiste en crear un espacio en casa que nos permita tranquilizarnos y recuperar el control. Este espacio debe ser creado conjuntamente con los niños y darle un nombre (ejemplo: “Hawái” o “lugar feliz”). Este espacio debe ser dotado de herramientas que ayuden al niño a tranquilizarse, como puede ser: slime, rotuladores, libros, mandalas, legos, puzles, plastilina, música, etc. Ellos deben elegir qué les podría ayudar. El niño no debe percibir este lugar como un castigo o un sufrimiento, sino como un lugar que me sirva como herramienta para seguir desarrollando mi capacidad de recuperar el control.

Algunas familiares me preguntan si esto no sería reforzar el mal comportamiento, si no es dejar que el niño se salga con la suya, o si es permisividad. Estas preguntan vienen porque nos han criado en la idea de que los niños serán mejores si son castigados (si se sienten mal por lo que han hecho), y no hemos comprendido que los niños son mejores cuando se sienten mejor. Es importante conocer que los métodos positivos son más eficaces a largo plazo que los métodos únicamente punitivos, porque comprenden el comportamiento humano.

Cuando nuestro hijo tenga una pataleta o, por ejemplo, quiera algo que no le podemos dar y nos monta el “numerito”, podemos preguntarle: “¿te ayudaría ir a nuestro “Hawái”? Si no estás tranquilo, no puedo escucharte”. Y le acompañamos hasta el lugar. En muchas ocasiones, el simple hecho de sentirse mejor es suficiente para redirigir al niño hacia una conducta más aceptable. Luego, podremos centrarnos en crear una solución del problema padres e hijos juntos proponiendo ideas. Cuando se da la oportunidad, a menudo los niños son mejores resolviendo problemas y dando ideas que los propios adultos. Si les damos el espacio, muchos nos sorprenden con sus ideas y propuestas, además de involucrarles y comprometerles en la solución, pues ellos se sienten parte de la familia y la resolución del conflicto o situación.

¿Cómo detectar si nuestro hijo/a es víctima o agresor/a de bullying?

En la última década se ha incrementado mucho la toma de conciencia respecto al bullying o situaciones de violencia escolar. Es importante que como padres y madres conozcamos estas situaciones para prevenirlas, enseñando a nuestros hij@s estrategias de autoprotección.

Cuando un niño/a es víctima de acoso, podemos observar los siguientes comportamientos:

  • Cambios en el estado de ánimo. Está más sensible o vulnerables, lo notamos enfadado sin razón aparente, parece triste o está sufriendo sin que diga la razón.
  • Cambios de actitud o comportamiento (más introvertido, menos participativo, disminución del rendimiento académico, etc.).
  • Es reacio a ir al colegio o se niega a ir.
  • Se relaciona menos con compañer@s.
  • Vuelve del colegio con ropa rota o dice haberla perdido, no tiene el dinero que se le dio, o presentan heridas o marcas de algo golpe, o desaparecen cosas sin motivo, etc.
  • Decide cambiar de pronto el camino al colegio o nos enteramos de que no acuden sistemáticamente a primera hora o última hora.

Por otro lado, ¿cómo detectar si nuestro hijo/a es el agresor?

  • Si vemos que con frecuencia forma parte de peleas, disputas y enfrentamientos.
  • A menudo no controla sus impulsos y reacciones.
  • Se muestra más agresivo.
  • Justifica sus reacciones violentas y no valora la gravedad de sus actos.

En casa, es fundamental que fomentemos un buen clima de confianza y comunicación. En este ambiente, es mucho más fácil que nuestro hijo/a nos cuente cualquier problema que pueda tener o que nosotros mismos nos demos cuenta de si algo ocurre.

En relación con la comunicación, si nos cuenta una situación de acoso escolar, es muy importante reforzarle por haberlo hecho. No presionarle con que lo tenía que haber contado antes. Empatizar y mostrarle que entendemos que para él o ella no tiene que ser fácil hablar de esto. Por último, es importante que le mostremos nuestro apoyo e indicarle que vamos a dar todos los pasos necesarios para resolver el problema y protegerle.